16 de marzo de 2016

De vuelta




Los viejos nísperos de la casa materna fueron talados desde hace tiempo y nunca lo intuí hasta que regresé la semana pasada. Mi abuelo se cansó de barrer las hojas secas y los frutos podridos que caían ante la avaricia de las urracas que se congregaban asiduas cuando los frutos cambiaban de tonalidad. El abuelo perdió las fuerzas en sus manos tambaleantes, necesarias para acompañar al vaivén de la escoba y, no lo culpo, ya era menos la sombra proyectada que la enorme fatiga por tan repetida actividad.

No concibo mi corta niñez sin la presencia de ese par de nísperos. Permanecen en todos los escenarios cerebrales como una imagen inamovible. Los recuerdo con las ramas llenas de júbilo, con el sol sobre mi cabeza atestada de raíces y voces, de esos ruidos cándidos que no volverán a escucharse nunca. A veces pienso en esto y se me llenan los ojos. Se me llenan más de lo común, últimamente, en mi faceta fatalista.

Todos los primos nos trepábamos descalzos sobre los cuerpos de los árboles de aquella casa rosa que me parecía inmensa, mientras los tíos atendían las tardes con meriendas exquisitas que se servían en el comedor. La imaginación se exudaba por nuestros pequeños organismos y reíamos a causa de cualquier cosa, enmarañando y compartiendo realidades ficticias. Los vecinos de enfrente saludaban con las manos alzadas a quienes pasaban por las orillas de sus banquetas, desde las mecedoras broncíneas de los corredores, y charlaban en voz alta sobre las nimiedades sociales. Así era la bella vida que recuerdo, sin puntos ni comas de más.

Hace días regresé a una casa en cuyas puertas tuve que ingresar encorvado porque los marcos se encogieron. Prefiero pensar en la imposibilidad de que los marcos de acero se encojen cuando se inundan de tiempo, a hacerme a la idea de que en realidad crecí. Adentro, sobre el sillón de flores rotas, estaban el abuelo y sus memorias, los primos que crecieron y se quedaron a vivir ahí y un montón de nuevas caras pintadas de sorpresa.

La fotografía de la abuela seguía mirándome de una forma inquisitiva, desde la pared fracturada, como si tratara de decirme algo. Así prefiero recordarla: con su carácter fuerte, innumerables pellizcos y una cajetilla de cigarros Argentinos. Me aterra soñarle como el último día, hace exactamente quince años, con su cara pálida suplicante y un tanque de oxígeno lleno en la caja de una camioneta en la otra esquina.  

Yo no me tapé la cara y la vi partir en la misma cama donde el cáncer comenzó. Llovió toda la noche y lloró la casa entera.  A veces pienso que la abuela no se fue del todo porque me parece escuchar el timbre de su voz en otras voces, en otras canas. Y me agrada pensar que así es. Debo confesar que echo de menos aquel tiempo vivido sin recaudos ni prisas y que hoy terminaré de escribir esta columna como siempre acabé de jugar aquellas tardes junto a los primos, lloriqueando como marica por no entender porque me siguen conmoviendo las mismas tormentas.



Sergio Telles

15 de febrero de 2016

El genocidio de la clase media.

Quizás, como nunca antes, debemos detenernos a dialogar sobre todo lo que no se dijo acerca de nuestro país, entender el trasfondo neurálgico de las reformas impulsadas y concretadas por el Ejecutivo y cuestionar los cambios estructurales, cuestionar la retórica convencional y razonar sobre el beneficio objetivo. El único derecho que no pueden robarnos, en este momento, es el derecho de formular preguntas. Recibir respuestas, es lo poco que nos queda. Lo poco que, por desgracia, puede hacerse. La obligación de los de pantalón largo y un buen propósito para el año siguiente.

Cuesta trabajo desmenuzar la teoría hasta encontrar una causa raíz porque, aquella causa, será la consecuencia para algunos cuantos, para los de siempre, para los que más tienen, para los que controlan el país. El Grupo que ya no vive entre las sombras. El Grupo que ordeña los presupuestos estatales, precursores del nepotismo y la avaricia generacional.

Los mismos que han saqueado en el pasado, son los mismos que saquean en el presente. Es la evolución del robo, de la falta de vergüenza, de la ambición primitiva. Un pueblo lego, es un pueblo destinado a reincidir en la catástrofe. El reconcomio que, me despierta, todos los días.

Pasé mucho tiempo tratando de entender la estupidez con la que PEMEX era conducida, hasta que se habló de La Reforma Energética. Entonces entendí que, desde hace años, se cocinaba la enfermedad y, ahora, ellos mismos, nos vendían la panacea. La dictadura hecha partido es la única que puede aniquilar los sindicatos, porque fueron ellos mismos quienes los originaron.

La Reforma Hacendaria es el epifenómeno de La Reforma Energética, ambas aprobadas hace meses. Se busca amortiguar el impacto de dividir las utilidades de la petrolera con los capitales extranjeros. Es por eso que proponen hacer ajustes de toda índole, con las tijeras del vilipendio. El barril de crudo sigue cayendo… cayendo… cayendo.

Este par de reformas son el verdugo de los que comienzan a alzar el vuelo en la búsqueda de oportunidades, los que buscan un crédito, los que ganan el salario mínimo. Es la riqueza desmedida para quienes votaron en lo particular y en lo general. La desgracia rizomática para todos los pronombres personales, excepto: ellos.

Sergio Telles

12 de febrero de 2016

La soledad de un solo

El verbo enhebrado había quemado las pestañas de mis ojos durante las noches que no dormí. El molesto sonsonete de la subasta de los 200 millones de dólares diarios del Banco de México, para sostener al peso, hacía eco en mis hemisferios. Me esperaban impacientados una emboscada de sueños no cumplidos y voces graves en mis oídos que ya no dicen nada. Cierra bien la puerta y no llores, porque serás más débil de lo que fuiste ayer; saluda con una valedera sonrisa en la cara, antes de ir a la cama, si no quieres parecer descortés. No hay ventanas grandes en el cielo.

No comas con la boca llena ante el público, persígnate afuera del templo, no juzgues lo que pasa y no apuntes con el dedo. No importan las mentiras que cuentes porque siempre hay un pueblo que cree y un espacio en el cielo. El hermano de Gortari es inocente y, el precio del petróleo, sigue cayendo… cayendo…cayendo. La burla que no soporto.

El imperialismo nos ha dejado a oscuras, mordiéndonos los labios que callan la crisis incipiente. Pocos comen, nadie vive y todos laboran. Han vendido la inocencia. Han creído en los embustes del Estado. Han pagado su seguridad con la libertad de todos y, vivir inconformes, es morir resignados. Crasas trapacerías que ya no necesitan libretos.

No me sorprendería, en absoluto, una pronta devaluación. De esas enormes devaluaciones a las que la dictadura nos tiene acostumbrados. Ya percibo su hedor, sus gritos, sus golpes. Imagino la comedia que nos contará el duopolio televisivo, las señales coercitivas del Grupo, los quejidos de los despiertos. Veo las tasas de interés por las nubes, cierro los ojos, y pienso.

La soledad de un solo se respeta y se disfruta tanto como la compañía. La soledad de un solo no miente ni discute, sólo espera su final. La soledad de un solo es la orgía de silencios, una realidad paralela y un aliento amargo de alquitrán. La soledad no es la ausencia de palabras, sino el exceso de melancolía. La soledad de un solo es tan ingrata consigo misma porque no perdona a quien se marcha y su única venganza tiene empleo vitalicio.

Sergio Telles

10 de febrero de 2016

Sudario de las tempestades

Nada me preocupa más que la efímera memoria del mexicano. Esa enorme capacidad para minimizar los graves conflictos, esa sublime capacidad de perdonar la ignominia pública, el robo a ojos vistos y la burla cagona. Distracción amasada de pundonor y arrepentimiento. 
El afán de perder para escuchar.

Quedan pocos días para conocer a los que aún no se han destapado para la gubernatura de Nuevo León. El PRI irá, seguro, con su mejor carta: Ildefonso Guajardo. El PAN, con Margarita Arellanes. En una política que se sostiene de apariencias, gana el que sonríe más en la foto y el que invierte más dinero en campaña. La fórmula que ha funcionado siempre en todas las jerarquías del poder.

Estamos a punto de presenciar el espectáculo repetido de la política mexicana. Se preparan las raquíticas despensas compradas con el erario de las administraciones partidistas para lograr, a partir de miserias, los votos de los sitios más marginados del Estado. Se comienzan a confeccionar los discursos mesiánicos, las encuestas amañadas. Se afilan la hipocresía del saludo y las amenazas a los sexagenarios de retirarles los apoyos mensuales. 

Se agendan las comidas y cenas con empresarios que serán padrinos durante toda la administración, la determinante visita eclesiástica, las reuniones ilusorias con los jóvenes adeptos y los mensajes presuntuosos en los panorámicos. La comedia perpetua del cinismo.

Hemos presenciado, en las semanas anteriores, el debacle de la pseudo izquierda. Un acto de estupidez progresiva que comenzó a partir del Pacto por México, que representó la compra-venta de la oposición al gobierno de Peña Nieto, hasta la renuncia del líder moral del partido en las últimas fechas. Por ahora, la única izquierda racional que nos queda es la que sale, digna y pacíficamente, a manifestarse en las calles pero, por desgracia, para todos, no está organizada.

Sergio Telles

8 de febrero de 2016

El sábado del miércoles

Los años se empalmaron, con violencia, hasta formar un triste tres. El sonido confuso de la bocacalle me habla de la soledad de los suspiros, del ruido acumulado de las horas. El reloj de mano, que no tienes, debe anunciarte la fecha que grita por los dos.

Las piernas tumefactas se han vencido con la apatía de las llamadas ausentes, no perdidas, porque nadie les ha pronunciado. Vuelan las respuestas esquizoides por los dormitorios que, agrupados, forman una renta. La fiebre no ha bajado desde el viernes, y las flemas duelen cuando, recordando la costumbre, me palmeo, tres veces, el pecho. Siempre el tres cabalístico.

Los sueños bajan al estómago hambriento de los días callados. El viento escupe miedo en las calles. Pasan las memorias circuncidadas por un hado consabido. Vuelven las miradas que solía callar con un beso… Dos besos… Tres. Retroceden las ganas cuando mi arritmia solicita la friática venganza por descubrirse sin tiempo, en tu ausencia. Hay breves noticias que mataron las sonrisas de los años perdidos que muerden, sin filo, dentro.

Avanzan lo soliloquios bípedos por las avenidas que esconden la muerte de muchos, de soldados sin insignias, de los amantes preferidos de le fait. Absurdo el gerundio soltero.
Absurdo todo lo que cae cuando no mata.

Se detienen los discursos pragmáticos que se escabullian en tus generosos oídos. Guardan distancia las risas sordas que me hacían olvidarme de mi estúpida neurosis, de mi monomanía por construir sin destruir. Sometidos mis impulsos de buscar a quien no quiero encontrar y vomitando mi fijación hacia ti. Odio el sábado del miércoles donde se detiene, para siempre, mi vicisitud extraordinaria.

Sergio Telles

5 de febrero de 2016

El silencio de las cosas

La lluvia que se fue, hace semanas, condenó a las calles cacarizas para siempre. El momento que agrupaba a los instantes subyugantes, pasó entre las comisuras de la boca sin la menor provocación. Los palaciegos del régimen han salido a defender lo indefendible, lo que causa la nausea, lo que trata del interés del Grupo.

Las bardas fueron pintadas con mensajes que se recuerdan cuando no se cumplen. Sitios deslavados que guardan memorias umbrías del pasado remoto. Los discursos municipales han caído en circunloquios antípodos que dejan tieso hasta al menos elocuente. Ya nadie habla de la risa que esconde el desacierto. Manos largas que guardan, como suyo, lo que no les pertenece.

La ciudad irisada se ha vuelto tranquila, nublada, silente. La han tranquilizado los que trajeron la muerte y la deuda. Negociaciones estrechas, afiches de un nuevo comienzo político desbalagados en la periferia, y la ambición que resuella en los cuerpos apestados.

Se pierden jovenes todos los días, en las fosas aisladas y en los montajes del “rejuvenecimiento” de la dictadura mexicana. Despiertos correosos, semidormidos por una falsa estupidez que supongo. La ilusión de estar, en pocos años, al frente del poder, ese que escuchan, asiduos, en sus conferencias fatalistas.

La necesidad no descansa, es evidente y estimulante para los que luchan. El hambre tiene manos y pies. La injusticia tiene el alma cansada. Las marchas son la urticaria del Estado, evidencia de la abundancia de los tres primeros síntomas descritos. ¿Qué va a decirnos ahora, señor presidente? ¿Qué va a decirle al pueblo que el gobierno no escucha?

El silencio de las cosas viene después del grito desaforado de la ruina. Viene detrás de los que caminaron con los miembros ausentes, con el llanto guardado desde ese día. El silencio no es la ausencia de palabras, sino el exceso de melancolía.

Sergio Telles

3 de febrero de 2016

Me preocupa la izquierda

El país se encuentra en una de las crisis políticas más alarmantes de su historia. Algo cercano a los sucesos del 68, pero con un instrumento entonces inexistente y valioso como lo son, ahora, las redes sociales. Instrumento que tiene la virtud de decir lo que callan los medios comprados por el gobierno, en sitio y tiempo real. Algo que quizás entonces ni el mismo Díaz Ordaz, con su tiranía consabida, hubiese podido fustigar.

Un país sin izquierda política anda siempre desequilibrado. Eso pasa con México. Hemos simulado contar con partidos de oposición que nacieron para legitimar el régimen priista. El partido del trabajo (PT) que nació en y para el gobierno de Salinas de Gortari y un PRD que fue creado a imagen y semejanza del PRI, para lo mismo que el primero. Para decirle al mundo que en México existía una sana y sólida democracia. La falacia que hemos enviado al extranjero por décadas y la misma que, hoy, se cae a pedazos.

Actualmente, la única izquierda potencial del país, son los movimientos ciudadanos. Son los jóvenes que salen a la calle a exigir justicia y un cese a la muerte. Son los despiertos que están hartos de ver a sus amigos desaparecer y, tiempo después, encontrarles en un desparrame de huesos. Hartos de la impunidad agigantada, hartos del disimulo estúpido de los tres poderes de gobierno. Hartos todos de la indumentaria oscura, del llanto con rabia.

El mensaje del presidente, a su llegada de Australia, y el mensaje del clérigo, horas después, me parecen conocidos y me preocupan sobremanera. Se está preparando el escenario para una represión contundente contra los disidentes, contra la izquierda radical y la izquierda pacífica. Contra todo el que piensa distinto al gobierno autoritario, contra la dictadura hecha partido. Me preocupan todos, pero ni el silencio ni el miedo hacen a una república.

Sergio Telles

1 de febrero de 2016

43 veces despierto

Iguala no es un caso aislado de barbarie, como se ha tratado de resumir por el gobierno y el duopolio televisivo. Es la suma de una impotencia generalizada que se ha ramificado en cada nicho de los que aún sienten, de los que ya no creen en el Chupacabras ni en el Chupaborregas. Es, posiblemente, uno de los últimos avisos para una lamentable guerra civil.

Existe una divergencia total con las declaraciones tremebundas del procurador. Existe, también, cólera desparramada en todos los estratos sociales a los que ha llegado la noticia del genocidio mexicano. Iguala es el espejo de la descomposición social que se ha venido administrando, desde hace décadas, en un país que baila, poseso, sobre cadáveres sin nombre. El país de la telenovela perpetua, donde la Primera Dama fue una mala actriz que ganó más de 86 millones de pesos y, La Corcholata, funge como embajadora de la educación.

Hay irregularidades en los hallazgos de las investigaciones. Hay un hambre de justicia que no había visto nunca en mis 24 años. México es ejemplo reincidente de tragedias, es un país que camina con los pies atados. El país que me parió, duele. Nos duele mucho el fratricidio repetido.

La costumbre nos ha enseñado, desde niños, a culpar al más imbécil. No creo que el problema sea sólo el presidente que eligieron 18 millones de votantes, porque el IFE y el INE no mienten, ¿cierto? El problema está en el cáncer que pervive en las instituciones, en la gente que, ante la fatídica realidad, se cansó de hacer las cosas bien. En un sitio edificado de mentiras todo se infecta, todo se apesta. Apestan las fosas que aún no se encuentran, los ríos de ceniza, el sistema desahuciado, los vientos. Apestamos todos.

Es inadmisible e imperdonable lo que vivimos. La dictadura hecha partido y el narcotráfico amordazando al país, dirigiéndolo, saqueándolo. Sé que dirán que siempre fue así, pero nunca con tal cinismo, con tal brutalidad. Los 43 estudiantes de Ayotzinapa son la punta del iceberg de miles de desaparecidos, asesinados, desmembrados por el Estado. Olvidados todos por la indiferencia mexicana, por la raigambre que vive, en el mejor de los casos, con ochocientos pesos a la semana. Esos son los miles de empleos de los que habla en cada informe, con tanto orgullo, nuestro gobernador. ¿La educación? ¿La oposición? ¿Los derechos humanos? ¿La libertad de manifestación? Los 4 existen cuando se vive en el disimulo eterno pero, en momentos tan crudos como estos, cuando nos detenemos a ver la miseria que nos envuelve, que nos sofoca y nos exprime, ya no importa la gota que derramó el vaso, sino todas aquellas que lo llenaron. Este país huele a Comala, huele al más podrido de los círculos del infierno.

Sergio Telles

29 de enero de 2016

El GRUPO

En todos los rincones y submundos de la región citrícola se habla, entre dientes, de los integrantes del grupúsculo que controla la parte sur del Estado, con las mismas cualidades y artificios que los de Patron-Minette. Un grupo que subsiste como un órgano vital en la política del norte del país. Los Todopoderosos, los admirados por las mentes que no saben los trasfondos de la historia cambiada. Aplausos, silencio y miedo.

Dueños de las constructoras que erigen de ano a cráneo el Estado, ejidatarios de la mala educación que se imparte en las aulas públicas y brazo derecho de los tres poderes de gobierno. Ausentes de ellos mismos, pesados como las toneladas del concreto de las facturas que no se compran. Ambiciones mórbidas, esperpentos de trajes suntuosos, conciencias ruñidas y aliento de enfermo.

Se ha creado, entre la muchedumbre, toda una mitología empapada de hipérboles. Bolsillos repletos del erario que no alcanza para la cultura, abanderados de una democracia fingida y financiadores de alcaldes próximos. Dedos rígidos que apuntan a las elecciones de cada trienio. Cortesanos estultos de una riqueza podrida, del poder asexuado que estorba siempre con la lógica.

Conviven con los reflectores que sesgan la vida privada. Duermen lo que la inseguridad les permite, cuidándose de ellos mismos, como la manada de una especie desconocida que besa de frente y apuñala por la espalda. Juego de interéses, primos de primos, discursos consabidos y una humildad translúcida que ofende al despierto. Algarabías de conciudadanos.

Constuyen todo su futuro en sólo tres años de presente. Sonríen a las cámaras, lloran a escondidas y cuidan sus palabras. Saben olvidar como saben mentir. Saben sufrir porque aprendieron a callar. El disimulo les alcanza hasta en las horas de sueño.

El silencio acompaña la crítica, la lambisconería les abraza entre circunloquios que tarde o temprano les aburren dentro, entre zalamerías de gente que busca lo mismo, entre la torrentera sentimental de los humanos que algún día fueron y que, en ocasiones de intimismo, extrañan volver a ser. La soledad les enseña sobre la equidad que no aprendieron, sobre el lugar idílico al que nunca quisieron volver.

Sergio Telles

27 de enero de 2016

Heridas repetidas

Cuando las malas lecciones se viven y las secuelas se aceptan, las heridas se repiten. Las enormes tropelías del autoritarismo dictatorial se han adoptado, con lisura, en el reino del disimulo estático. Sitio transgredido de montañas altas donde nada pasa, donde todo es progreso cuando se entierran las voces.

Las consecuencias del pueblo que lleva a la mediocridad a dirigirla son: la violencia, el nepotismo y la represión sanguinaria. La Trinidad perpetua del yugo mexicano. Hay miles de estudiantes caídos en el jardín de la infamia. Miles de desaparecidos que huelen a muerto.

México ha venido perdonando el salvajismo y la crueldad de sus gobiernos. Perdonó Tlatelolco y perdonará Ayotzinapa. Siempre hay mentiras para acallar la resistencia y siempre hay espacio en las fosas para sepultar el desacuerdo.

Los medios de comunicación han callado como callaron entonces. Han solapado la injusticia por sus pellejos. Han sido y son la servidumbre de los tres poderes. La libertad de protestar es un chiste blanco y siempre se aplauden, de pie, los montajes estrafalarios del último informe de gobierno. Las mentiras de Medina y la lambisconería de su tertulia de ojos secos.

Fue tanta la obsesión por maquillar la solemnidad del evento que, hace días, decenas de policías ocupaban los principales puentes peatonales para evitar que se expusieran las falacias del mal gobierno. ¿Dónde están esos policías cuando se necesitan? ¿A quién sirven cuando no sirven? ¿Son los malos o los buenos?

La oposición se persigna y se calla. Yo escribo. Tú lees. Él fustiga. Nosotros perdemos. Ustedes sonríen. Ellos ganan.

Sergio Telles

25 de enero de 2016

Las mentiras más hermosas que escuché.

Los minutos de octubre me relataron la fascinante historia de un amor interminable, de un éxtasis de alegría, de un mundo sin pesadumbres ni vicios de dolor. Un sitio regido por voces justas, de cerebros incapaces de lastimar, de niños felices, de una lluvia que no moja pero nutre, en abundancia, las huertas de naranjos e higueras, y una Luna roja que inspira a los literatos a continuar.

Con un café cargado, un par de ojeras violáceas y una melodía arcaica dejé que el bolígrafo mordisqueado escribiera las fútiles palabras que mi boca lívida no se atrevía a articular. Tanto ha pasado desde entonces; cuánto me pesa pensar. ¿Dónde están los desaparecidos? ¿Es la suma de todos? D.F, Nuevo León y Michoacán.

Vinieron a mi memoria los vagos recuerdos de una niñez interrumpida por la crudeza del realismo, del intercambio aprovechado de promesas por ausencias injustas y de juguetes por canastas de pan. Caían las lágrimas sobre el papel reciclado de novelas abandonadas a mi suerte. Preguntaba a mi madre, en la efervescencia de aquel tiempo, el día y la hora en la que yo iba a morir. Nunca. Nunca, Sergio. Esa fue su respuesta…

Otro recuerdo me quitó 15 centímetros de altura y me puso 32 kilogramos encima del cuerpo. Pregunté cómo me veía… Dijeron que me veía bien. Exclamé al cielo si sería fácil recorrer el camino; el viento, insolente, respondió: “sí”.Hoy, mis ojos se inundan por la verdad que viene acompañando a una mentira. Mi madre, en ese momento, sabía lo que yo hasta ahora sé: que un montón de tierra infértil no entierra el recuerdo de los que se han ido y se prolifera para siempre en los que se quedan. Después de seis años, me reconcilié con el gordito del espejo y hoy queda, por él, más cariño y menos complejos fofos. Un epigrama de intimides cognitiva.

Ya no queda ni una gota de café en mi taza navideña. Las manos díscolas se me han despegado del mamotreto y en este preciso momento, mientras abro la ventana y miro al cielo, con la voz quebradiza, agradezco a Dios que la vida no sea fácil, porque Él sabe que sigo y seguiré en pie. Gracias, en parte, a las mentiras más hermosas que escuché.

Sergio Telles

23 de enero de 2016

Filosofía de la vaciedad

Las ausencias remotas les obligan, todos los días, a cruzar la peligrosa carretera para saciar lo absurdo. Una búsqueda efusiva de un falso entretenimiento que sirve de testaferro para la ludopatía. Adentro, las atmósferas de nicotina, les esperan para impregnarse en sus ropas ajadas. En el interior, el dinero vale menos con una breve aporía. Sorteos burdos que acaban con aplausos de manos sudadas.

Esa soledad que respiran, es la misma que les endilga hacia las casas de apuestas con los bolsillos llenos y la mirada furtiva, victimizada. Ignorando, siempre, el sentido del espacio-tiempo. La embriaguez del vicio les envuelve los juicios con telarañas de ansiedad, una ansiedad vindicativa que consiste en recuperar todo lo que se ha perdido en la próxima apuesta. Un comodín que no perdona y unos juegos gratis que subsidian una mayor pérdida.

Pasan las charolas plásticas tapizadas de refresco, las tarjetas sin puntos y las caras nerviosas. Suenan las melodías de las máquinas acompañadas de un regocijo efímero. Ofrecen los bocadillos fríos para retener las piernas tumefactas e inactivas que se suspenden desde las sillas acolchonadas e impregnadas de infortunio. ¿Adónde va el dinero? ¿Cuánto perdió el vecino?

Hay desfacimientos millonarios, amortizados en viajes lentos. Los grandes casinos apuestan por los pueblos pequeños, ambiciosos y hartos de la monotonía pública. Permisos concedidos por las autoridades municipales que a cambio de fuertes sumas monetarias legalizan lo prohibido.

La insatisfacción económica y la esperanza errónea de revertir la suerte, invaden a quienes pasan sus horas en estos recintos amañados donde los altoparlantes les invitan a seguir consumiendo. Personas vacías, cansadas, taciturnas. No se puede hablar de las costumbres de nuestros pueblos con la misma certeza con la que se hablaba en años pasados, antes de que estos sitios ingresaran a nuestras comunidades. Se han modificado las cándidas tradiciones, esas que nos distinguían tanto de la frivolidad de la capital del Estado. Se ha perdido, en un gran porcentaje, la estabilidad económica que respaldaba a los grandes apellidos. Los hábitos lúdicos que se han asumido a partir de esos años, han tergiversado nuestra cultura popular. Un mal que, como muchos otros, no respeta edad, género ni   situación económica. Todos callan lo que les convence y nadie gana donde se pierde lo más valioso de la vida: el tiempo.

Sergio Telles