27 de noviembre de 2015

Proeza del despierto

Todas las noches, antes de cerrar los ojos y después de terminar mis lecturas, pienso en un pueblo despierto. Un sitio noble donde gobiernen la lucidez, la igualdad y la congruencia vitalicia. Un lugar donde no quede espacio para las mentiras, donde todos los ciudadanos ofrezcan y exijan respuestas. Es tiempo de que las bocas calladas, hablen. Tiempo de que se muevan todas las piezas.

Una utopía emancipada de la hipocresía y frivolidad de los que dicen perseguir un bien común para todos, lejos de la falsedad e incongruencia del catolicismo que es hermano del capitalismo, y Cristo, con la multiplicación de los panes, el mejor ejemplo del primer comunista.

Las sandeces de los sistemas económicos han llevado a las multitudes a una crisis intelectual, a un conformismo patrocinado por la resignación. Es tiempo de que trabajen los que nunca han trabajado. Es tiempo de exigir una generación y dignificación de empleos, y no puentes desniveles primermundistas que sirven de montaje para el clímax de la tragicomedia mexicana. Gente y política con conciencia templada, instituciones que siempre defiendan al individuo.

El perdón sin aprendizaje es una estupidez degenerativa. Eso pasa con la gran mayoría de los mexicanos que, aún en nuestro tiempo, seguimos teniendo una dictadura hecha partido al frente del país. Un sistema político que se ha eternizado y que ha enfermado de disimulo y mediocridad, a todos. Si la historia ha de ser borrada de los libros, que sean nuestras bocas las que la cuenten y que viaje por los años a la velocidad de un chisme nuevo. Hay errores, desaparecidos, muertes e insultos que no deben olvidarse.


Pienso, cada mañana, en la consecuencia de mi causa, que también es la causa de muchos, y sé que la lucha por el despertar de las conciencias aún no está perdida. Veo como todos los días despiertan más personas del letargo en el que estuvieron sumidos durante años. La verdad os hará libres, y la libertad verdadera es aquella que  sólo sobrevive en el insomnio.

Sergio Telles

20 de noviembre de 2015

Vida en las millas

Por lo general, no entendemos las tristes ausencias que dejan en tierra los hombres de ruedas y diésel. Los que han aprendido a vivir al volante gran parte de sus vidas, los que han lidiado, a diario, con las mudanzas perpetuas. Han aprendido a despedirse tanto que, en ocasiones, olvidan lo que significa quedarse.

Las familias han llegado a acuerdos silentes para no hacer más cruda la espera. Hay besos cansados, abrazos contenidos y charlas a medias. Los calendarios se parten día con día y las horas pesan en las espaldas de todos. Se sufre igual adentro y afuera, con esos sufrimientos omnipresentes que traen implícitos los recuerdos. Los tejones solidarios que cuidan a sus hermanos de oficio en un camino de distancias y curvas sin miedo.

Los riesgos de las carreteras que nunca terminan, la incertidumbre del mal tiempo que les azota a deshoras, los sobornos injustos con los federales y la delincuencia organizada para seguir manejando un poco más tranquilos con una carga que no es suya, pero que les permite llevarlo todo a casa. Hay sueño en los ojos, caminos sin vuelta y mujeres sin cama.

Son un gran porcentaje de la clase trabajadora de nuestro pueblo. Son los chóferes del transporte pesado que movilizan los enormes capitales de los únicos dueños, que son pocos, pero que son necesarios mientras no se hable, todavía, de la generación de empleos. Una ocupación riesgosa de la que aún no se ha dignificado su salario. Un oficio poco mencionado en las prioridades de  las bocas que no hablan, pero que comen de ellos.

La soledad de las carreteras está llena de momentos introspectivos, de llanto acedo y velocidades intermitentes. Les tiemblan las piernas con la sola idea de la fatídica probabilidad de poder morir lejos, de apagarse en la lejanía.


De regreso, hay esposas, padres e hijos que han esperando lo suficiente con veladoras encendidas, con la resignación temprana de que sólo durará poco tiempo, hasta el siguiente viaje que ordenará el patrón, hasta el siguiente beso.

Sergio Telles

13 de noviembre de 2015

Elogio a la indiferencia

La libertad condicionada es pariente cercana de la esclavitud. Pensar siquiera, en abolirlas, por completo, es caer en pantomimas ridículas y denigrantes. Los sistemas de gobierno despóticos utilizan un instrumento más eficaz que las pesadas cadenas de siglos pasados, que atormentaban los cuerpos. Un instrumento tan poderoso y efectivo, llamado: ignorancia.

La desinformación ha venido a silenciar las oposiciones eruditas e imponer un autoengaño masivo. El hábito de la indiferencia se ha comido las ideas de las confrontaciones de un raciocinio incipiente. El pensamiento crítico está en cuarentena y sus intermitencias lúcidas no terminan por convencer a nadie. Una democracia payasa y una soberanía que ofende.

Se han encargado, con prurito, de manipular el pasado para replicarlo en el presente. Un saqueo arcaico que comenzó en 1492 y que continúa, sin menguar, en nuestro tiempo. Extranjeros, nacionales y un robo enfermizo que sólo termina para el que muere.

Nada hace más daño que lo que se olvida. México, ha olvidado su sangre regada, su sometimiento y sus desaparecidos. Los traidores siguen a la cabeza, decidiendo por todos, comprando a la intelectualidad caída. Una hipocresía que compone la atmosfera de las instituciones políticas y las ambiciones que venden los sueños.

La historia ha sido borrada y reescrita a conveniencia, pasando por alto los grandes momentos. Hemos creído todo lo que se nos ha dicho en la truculencia del poder. Hemos sepultado en nuestras memorias el espíritu de una lucha justa, en un éxtasis de cobardía o desgano.

La resignación de nuestro pueblo ha incentivado a una dictadura hecha partido, menos fantoche que el resto de las dictaduras latinoamericanas, pero igual de soberbia y dañina. Una dictadura de la que nadie habla porque, para entenderla, hay que vivir adentro.


Duele el silencio de los que callan siempre bajo una patria fingida. Duelen los brazos baldados, los estómagos vacíos y el buffet de mentiras. Duele el engaño anual de los hombres necios que gritan, repetitivamente, ¡viva! Duelen las bocas que se han dormido desde hace tanto y que sólo comen poco y tragan saliva.

Sergio Telles

6 de noviembre de 2015

La danza del sindicato

Los dirigentes de pantalones largos y bolsillos llenos, representan y apaciguan a las masas que fungen como el brazo pujante de las empresas privadas y ayuntamientos públicos. La historia reciente de los sindicatos mexicanos está plagada de corruptelas e impunidad. Negociaciones millonarias entre los líderes sindicales con el sector privado y gobierno. Avaricia y oportunismo colosales, disfrazados de un liderazgo inmaculado y una falsa vocación de servicio.

El servilismo adoctrinado de la clase trabajadora, la necesidad ubicua y la cultura del engaño, adormecen las ideas y el espíritu de una lucha social por la dignificación de los salarios y empleos en nuestro país. El sindicato contemporáneo, es una navaja de dos filos: por un lado, brinda beneficios nimios a sus representados y, al mismo tiempo, les amordaza contra su patrón o autoridad en turno. La realidad implícita, arropa a quienes no trabajan, a las cabecillas de estas agrupaciones, quienes resultan como beneficiarios mayoritarios en ambos sectores.

Algunos casos puntuales nos llevan a las cincuenta secciones sobre la geografía azteca, que componen el sindicato de PEMEX, plagado de irregularidades y desaciertos. El SNTE,  sindicato magisterial más grande de América, y uno de los más corruptos de América Latina. Orgullo entre orgullos mexicanos. El infierno que se vendió por cielo.


En los pueblos y ciudades pequeñas, como las nuestras, el sindicato único de trabajadores recibe dinero del erario público para la nómina de sus representados y para su representante, apegados a un contrato colectivo municipal. Y, otra función, un tanto más oscura, es su alineación política. Es como tener a muchos Elba Esther Gordillo, distribuidos en cada nicho del país, que por el enorme poder de dirigir a grandes masas, determinan elecciones municipales, estatales y presidenciales. Ahí recae la preocupación de los políticos en turno por mantener un equilibrio y una sana relación con sus líderes que, a su vez, representan una fuerte cantidad de votos que podrían llevar a un partido político a la victoria. Esta es la danza del sindicato que en tiempo electoral, como el que se aproxima, se pinta de distintos colores, dependiendo de con quien saldrá a bailar esta vez.

Sergio Telles