La libertad
condicionada es pariente cercana de la esclavitud. Pensar siquiera, en
abolirlas, por completo, es caer en pantomimas ridículas y denigrantes. Los
sistemas de gobierno despóticos utilizan un instrumento más eficaz que las
pesadas cadenas de siglos pasados, que atormentaban los cuerpos. Un instrumento
tan poderoso y efectivo, llamado: ignorancia.
La
desinformación ha venido a silenciar las oposiciones eruditas e imponer un
autoengaño masivo. El hábito de la indiferencia se ha comido las ideas de las
confrontaciones de un raciocinio incipiente. El pensamiento crítico está en
cuarentena y sus intermitencias lúcidas no terminan por convencer a nadie. Una
democracia payasa y una soberanía que ofende.
Se han
encargado, con prurito, de manipular el pasado para replicarlo en el presente.
Un saqueo arcaico que comenzó en 1492 y que continúa, sin menguar, en nuestro
tiempo. Extranjeros, nacionales y un robo enfermizo que sólo termina para el
que muere.
Nada hace más daño
que lo que se olvida. México, ha olvidado su sangre regada, su sometimiento y
sus desaparecidos. Los traidores siguen a la cabeza, decidiendo por todos,
comprando a la intelectualidad caída. Una hipocresía que compone la atmosfera de
las instituciones políticas y las ambiciones que venden los sueños.
La historia ha
sido borrada y reescrita a conveniencia, pasando por alto los grandes momentos.
Hemos creído todo lo que se nos ha dicho en la truculencia del poder. Hemos
sepultado en nuestras memorias el espíritu de una lucha justa, en un éxtasis de
cobardía o desgano.
La resignación
de nuestro pueblo ha incentivado a una dictadura hecha partido, menos fantoche
que el resto de las dictaduras latinoamericanas, pero igual de soberbia y
dañina. Una dictadura de la que nadie habla porque, para entenderla, hay que
vivir adentro.
Duele el
silencio de los que callan siempre bajo una patria fingida. Duelen los brazos
baldados, los estómagos vacíos y el buffet de mentiras. Duele el engaño anual
de los hombres necios que gritan, repetitivamente, ¡viva! Duelen las bocas que
se han dormido desde hace tanto y que sólo comen poco y tragan saliva.
Sergio Telles
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