29 de enero de 2016

El GRUPO

En todos los rincones y submundos de la región citrícola se habla, entre dientes, de los integrantes del grupúsculo que controla la parte sur del Estado, con las mismas cualidades y artificios que los de Patron-Minette. Un grupo que subsiste como un órgano vital en la política del norte del país. Los Todopoderosos, los admirados por las mentes que no saben los trasfondos de la historia cambiada. Aplausos, silencio y miedo.

Dueños de las constructoras que erigen de ano a cráneo el Estado, ejidatarios de la mala educación que se imparte en las aulas públicas y brazo derecho de los tres poderes de gobierno. Ausentes de ellos mismos, pesados como las toneladas del concreto de las facturas que no se compran. Ambiciones mórbidas, esperpentos de trajes suntuosos, conciencias ruñidas y aliento de enfermo.

Se ha creado, entre la muchedumbre, toda una mitología empapada de hipérboles. Bolsillos repletos del erario que no alcanza para la cultura, abanderados de una democracia fingida y financiadores de alcaldes próximos. Dedos rígidos que apuntan a las elecciones de cada trienio. Cortesanos estultos de una riqueza podrida, del poder asexuado que estorba siempre con la lógica.

Conviven con los reflectores que sesgan la vida privada. Duermen lo que la inseguridad les permite, cuidándose de ellos mismos, como la manada de una especie desconocida que besa de frente y apuñala por la espalda. Juego de interéses, primos de primos, discursos consabidos y una humildad translúcida que ofende al despierto. Algarabías de conciudadanos.

Constuyen todo su futuro en sólo tres años de presente. Sonríen a las cámaras, lloran a escondidas y cuidan sus palabras. Saben olvidar como saben mentir. Saben sufrir porque aprendieron a callar. El disimulo les alcanza hasta en las horas de sueño.

El silencio acompaña la crítica, la lambisconería les abraza entre circunloquios que tarde o temprano les aburren dentro, entre zalamerías de gente que busca lo mismo, entre la torrentera sentimental de los humanos que algún día fueron y que, en ocasiones de intimismo, extrañan volver a ser. La soledad les enseña sobre la equidad que no aprendieron, sobre el lugar idílico al que nunca quisieron volver.

Sergio Telles

27 de enero de 2016

Heridas repetidas

Cuando las malas lecciones se viven y las secuelas se aceptan, las heridas se repiten. Las enormes tropelías del autoritarismo dictatorial se han adoptado, con lisura, en el reino del disimulo estático. Sitio transgredido de montañas altas donde nada pasa, donde todo es progreso cuando se entierran las voces.

Las consecuencias del pueblo que lleva a la mediocridad a dirigirla son: la violencia, el nepotismo y la represión sanguinaria. La Trinidad perpetua del yugo mexicano. Hay miles de estudiantes caídos en el jardín de la infamia. Miles de desaparecidos que huelen a muerto.

México ha venido perdonando el salvajismo y la crueldad de sus gobiernos. Perdonó Tlatelolco y perdonará Ayotzinapa. Siempre hay mentiras para acallar la resistencia y siempre hay espacio en las fosas para sepultar el desacuerdo.

Los medios de comunicación han callado como callaron entonces. Han solapado la injusticia por sus pellejos. Han sido y son la servidumbre de los tres poderes. La libertad de protestar es un chiste blanco y siempre se aplauden, de pie, los montajes estrafalarios del último informe de gobierno. Las mentiras de Medina y la lambisconería de su tertulia de ojos secos.

Fue tanta la obsesión por maquillar la solemnidad del evento que, hace días, decenas de policías ocupaban los principales puentes peatonales para evitar que se expusieran las falacias del mal gobierno. ¿Dónde están esos policías cuando se necesitan? ¿A quién sirven cuando no sirven? ¿Son los malos o los buenos?

La oposición se persigna y se calla. Yo escribo. Tú lees. Él fustiga. Nosotros perdemos. Ustedes sonríen. Ellos ganan.

Sergio Telles

25 de enero de 2016

Las mentiras más hermosas que escuché.

Los minutos de octubre me relataron la fascinante historia de un amor interminable, de un éxtasis de alegría, de un mundo sin pesadumbres ni vicios de dolor. Un sitio regido por voces justas, de cerebros incapaces de lastimar, de niños felices, de una lluvia que no moja pero nutre, en abundancia, las huertas de naranjos e higueras, y una Luna roja que inspira a los literatos a continuar.

Con un café cargado, un par de ojeras violáceas y una melodía arcaica dejé que el bolígrafo mordisqueado escribiera las fútiles palabras que mi boca lívida no se atrevía a articular. Tanto ha pasado desde entonces; cuánto me pesa pensar. ¿Dónde están los desaparecidos? ¿Es la suma de todos? D.F, Nuevo León y Michoacán.

Vinieron a mi memoria los vagos recuerdos de una niñez interrumpida por la crudeza del realismo, del intercambio aprovechado de promesas por ausencias injustas y de juguetes por canastas de pan. Caían las lágrimas sobre el papel reciclado de novelas abandonadas a mi suerte. Preguntaba a mi madre, en la efervescencia de aquel tiempo, el día y la hora en la que yo iba a morir. Nunca. Nunca, Sergio. Esa fue su respuesta…

Otro recuerdo me quitó 15 centímetros de altura y me puso 32 kilogramos encima del cuerpo. Pregunté cómo me veía… Dijeron que me veía bien. Exclamé al cielo si sería fácil recorrer el camino; el viento, insolente, respondió: “sí”.Hoy, mis ojos se inundan por la verdad que viene acompañando a una mentira. Mi madre, en ese momento, sabía lo que yo hasta ahora sé: que un montón de tierra infértil no entierra el recuerdo de los que se han ido y se prolifera para siempre en los que se quedan. Después de seis años, me reconcilié con el gordito del espejo y hoy queda, por él, más cariño y menos complejos fofos. Un epigrama de intimides cognitiva.

Ya no queda ni una gota de café en mi taza navideña. Las manos díscolas se me han despegado del mamotreto y en este preciso momento, mientras abro la ventana y miro al cielo, con la voz quebradiza, agradezco a Dios que la vida no sea fácil, porque Él sabe que sigo y seguiré en pie. Gracias, en parte, a las mentiras más hermosas que escuché.

Sergio Telles

23 de enero de 2016

Filosofía de la vaciedad

Las ausencias remotas les obligan, todos los días, a cruzar la peligrosa carretera para saciar lo absurdo. Una búsqueda efusiva de un falso entretenimiento que sirve de testaferro para la ludopatía. Adentro, las atmósferas de nicotina, les esperan para impregnarse en sus ropas ajadas. En el interior, el dinero vale menos con una breve aporía. Sorteos burdos que acaban con aplausos de manos sudadas.

Esa soledad que respiran, es la misma que les endilga hacia las casas de apuestas con los bolsillos llenos y la mirada furtiva, victimizada. Ignorando, siempre, el sentido del espacio-tiempo. La embriaguez del vicio les envuelve los juicios con telarañas de ansiedad, una ansiedad vindicativa que consiste en recuperar todo lo que se ha perdido en la próxima apuesta. Un comodín que no perdona y unos juegos gratis que subsidian una mayor pérdida.

Pasan las charolas plásticas tapizadas de refresco, las tarjetas sin puntos y las caras nerviosas. Suenan las melodías de las máquinas acompañadas de un regocijo efímero. Ofrecen los bocadillos fríos para retener las piernas tumefactas e inactivas que se suspenden desde las sillas acolchonadas e impregnadas de infortunio. ¿Adónde va el dinero? ¿Cuánto perdió el vecino?

Hay desfacimientos millonarios, amortizados en viajes lentos. Los grandes casinos apuestan por los pueblos pequeños, ambiciosos y hartos de la monotonía pública. Permisos concedidos por las autoridades municipales que a cambio de fuertes sumas monetarias legalizan lo prohibido.

La insatisfacción económica y la esperanza errónea de revertir la suerte, invaden a quienes pasan sus horas en estos recintos amañados donde los altoparlantes les invitan a seguir consumiendo. Personas vacías, cansadas, taciturnas. No se puede hablar de las costumbres de nuestros pueblos con la misma certeza con la que se hablaba en años pasados, antes de que estos sitios ingresaran a nuestras comunidades. Se han modificado las cándidas tradiciones, esas que nos distinguían tanto de la frivolidad de la capital del Estado. Se ha perdido, en un gran porcentaje, la estabilidad económica que respaldaba a los grandes apellidos. Los hábitos lúdicos que se han asumido a partir de esos años, han tergiversado nuestra cultura popular. Un mal que, como muchos otros, no respeta edad, género ni   situación económica. Todos callan lo que les convence y nadie gana donde se pierde lo más valioso de la vida: el tiempo.

Sergio Telles