25 de enero de 2016

Las mentiras más hermosas que escuché.

Los minutos de octubre me relataron la fascinante historia de un amor interminable, de un éxtasis de alegría, de un mundo sin pesadumbres ni vicios de dolor. Un sitio regido por voces justas, de cerebros incapaces de lastimar, de niños felices, de una lluvia que no moja pero nutre, en abundancia, las huertas de naranjos e higueras, y una Luna roja que inspira a los literatos a continuar.

Con un café cargado, un par de ojeras violáceas y una melodía arcaica dejé que el bolígrafo mordisqueado escribiera las fútiles palabras que mi boca lívida no se atrevía a articular. Tanto ha pasado desde entonces; cuánto me pesa pensar. ¿Dónde están los desaparecidos? ¿Es la suma de todos? D.F, Nuevo León y Michoacán.

Vinieron a mi memoria los vagos recuerdos de una niñez interrumpida por la crudeza del realismo, del intercambio aprovechado de promesas por ausencias injustas y de juguetes por canastas de pan. Caían las lágrimas sobre el papel reciclado de novelas abandonadas a mi suerte. Preguntaba a mi madre, en la efervescencia de aquel tiempo, el día y la hora en la que yo iba a morir. Nunca. Nunca, Sergio. Esa fue su respuesta…

Otro recuerdo me quitó 15 centímetros de altura y me puso 32 kilogramos encima del cuerpo. Pregunté cómo me veía… Dijeron que me veía bien. Exclamé al cielo si sería fácil recorrer el camino; el viento, insolente, respondió: “sí”.Hoy, mis ojos se inundan por la verdad que viene acompañando a una mentira. Mi madre, en ese momento, sabía lo que yo hasta ahora sé: que un montón de tierra infértil no entierra el recuerdo de los que se han ido y se prolifera para siempre en los que se quedan. Después de seis años, me reconcilié con el gordito del espejo y hoy queda, por él, más cariño y menos complejos fofos. Un epigrama de intimides cognitiva.

Ya no queda ni una gota de café en mi taza navideña. Las manos díscolas se me han despegado del mamotreto y en este preciso momento, mientras abro la ventana y miro al cielo, con la voz quebradiza, agradezco a Dios que la vida no sea fácil, porque Él sabe que sigo y seguiré en pie. Gracias, en parte, a las mentiras más hermosas que escuché.

Sergio Telles

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