Con un café cargado, un par de ojeras violáceas y una melodía arcaica dejé que el bolígrafo mordisqueado escribiera las fútiles palabras que mi boca lívida no se atrevía a articular. Tanto ha pasado desde entonces; cuánto me pesa pensar. ¿Dónde están los desaparecidos? ¿Es la suma de todos? D.F, Nuevo León y Michoacán.
Vinieron a mi memoria los vagos recuerdos de una niñez interrumpida por la crudeza del realismo, del intercambio aprovechado de promesas por ausencias injustas y de juguetes por canastas de pan. Caían las lágrimas sobre el papel reciclado de novelas abandonadas a mi suerte. Preguntaba a mi madre, en la efervescencia de aquel tiempo, el día y la hora en la que yo iba a morir. Nunca. Nunca, Sergio. Esa fue su respuesta…
Otro recuerdo me quitó 15 centímetros de altura y me puso 32 kilogramos encima del cuerpo. Pregunté cómo me veía… Dijeron que me veía bien. Exclamé al cielo si sería fácil recorrer el camino; el viento, insolente, respondió: “sí”.Hoy, mis ojos se inundan por la verdad que viene acompañando a una mentira. Mi madre, en ese momento, sabía lo que yo hasta ahora sé: que un montón de tierra infértil no entierra el recuerdo de los que se han ido y se prolifera para siempre en los que se quedan. Después de seis años, me reconcilié con el gordito del espejo y hoy queda, por él, más cariño y menos complejos fofos. Un epigrama de intimides cognitiva.
Ya no queda ni una gota de café en mi taza navideña. Las manos díscolas se me han despegado del mamotreto y en este preciso momento, mientras abro la ventana y miro al cielo, con la voz quebradiza, agradezco a Dios que la vida no sea fácil, porque Él sabe que sigo y seguiré en pie. Gracias, en parte, a las mentiras más hermosas que escuché.
Sergio Telles
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