Los viejos nísperos de la casa
materna fueron talados desde hace tiempo y nunca lo intuí hasta que regresé la
semana pasada. Mi abuelo se cansó de barrer las hojas secas y los frutos
podridos que caían ante la avaricia de las urracas que se congregaban asiduas cuando
los frutos cambiaban de tonalidad. El abuelo perdió las fuerzas en sus manos
tambaleantes, necesarias para acompañar al vaivén de la escoba y, no lo culpo,
ya era menos la sombra proyectada que la enorme fatiga por tan repetida actividad.
No concibo mi corta niñez sin la
presencia de ese par de nísperos. Permanecen en todos los escenarios cerebrales
como una imagen inamovible. Los recuerdo con las ramas llenas de júbilo, con el
sol sobre mi cabeza atestada de raíces y voces, de esos ruidos cándidos que no
volverán a escucharse nunca. A veces pienso en esto y se me llenan los ojos. Se
me llenan más de lo común, últimamente, en mi faceta fatalista.
Todos los primos nos trepábamos
descalzos sobre los cuerpos de los árboles de aquella casa rosa que me parecía
inmensa, mientras los tíos atendían las tardes con meriendas exquisitas que se
servían en el comedor. La imaginación se exudaba por nuestros pequeños organismos
y reíamos a causa de cualquier cosa, enmarañando y compartiendo realidades ficticias.
Los vecinos de enfrente saludaban con las manos alzadas a quienes pasaban por
las orillas de sus banquetas, desde las mecedoras broncíneas de los corredores,
y charlaban en voz alta sobre las nimiedades sociales. Así era la bella vida
que recuerdo, sin puntos ni comas de más.
Hace días regresé a una casa en
cuyas puertas tuve que ingresar encorvado porque los marcos se encogieron.
Prefiero pensar en la imposibilidad de que los marcos de acero se encojen cuando
se inundan de tiempo, a hacerme a la idea de que en realidad crecí. Adentro,
sobre el sillón de flores rotas, estaban el abuelo y sus memorias, los primos
que crecieron y se quedaron a vivir ahí y un montón de nuevas caras pintadas de
sorpresa.
La fotografía de la abuela seguía
mirándome de una forma inquisitiva, desde la pared fracturada, como si tratara
de decirme algo. Así prefiero recordarla: con su carácter fuerte, innumerables pellizcos
y una cajetilla de cigarros Argentinos. Me aterra soñarle como el último día,
hace exactamente quince años, con su cara pálida suplicante y un tanque de
oxígeno lleno en la caja de una camioneta en la otra esquina.
Yo no me tapé la cara y la vi
partir en la misma cama donde el cáncer comenzó. Llovió toda la noche y lloró
la casa entera. A veces pienso que la
abuela no se fue del todo porque me parece escuchar el timbre de su voz en
otras voces, en otras canas. Y me agrada pensar que así es. Debo confesar que
echo de menos aquel tiempo vivido sin recaudos ni prisas y que hoy terminaré de
escribir esta columna como siempre acabé de jugar aquellas tardes junto a los
primos, lloriqueando como marica por no entender porque me siguen conmoviendo
las mismas tormentas.
Sergio Telles