16 de marzo de 2016

De vuelta




Los viejos nísperos de la casa materna fueron talados desde hace tiempo y nunca lo intuí hasta que regresé la semana pasada. Mi abuelo se cansó de barrer las hojas secas y los frutos podridos que caían ante la avaricia de las urracas que se congregaban asiduas cuando los frutos cambiaban de tonalidad. El abuelo perdió las fuerzas en sus manos tambaleantes, necesarias para acompañar al vaivén de la escoba y, no lo culpo, ya era menos la sombra proyectada que la enorme fatiga por tan repetida actividad.

No concibo mi corta niñez sin la presencia de ese par de nísperos. Permanecen en todos los escenarios cerebrales como una imagen inamovible. Los recuerdo con las ramas llenas de júbilo, con el sol sobre mi cabeza atestada de raíces y voces, de esos ruidos cándidos que no volverán a escucharse nunca. A veces pienso en esto y se me llenan los ojos. Se me llenan más de lo común, últimamente, en mi faceta fatalista.

Todos los primos nos trepábamos descalzos sobre los cuerpos de los árboles de aquella casa rosa que me parecía inmensa, mientras los tíos atendían las tardes con meriendas exquisitas que se servían en el comedor. La imaginación se exudaba por nuestros pequeños organismos y reíamos a causa de cualquier cosa, enmarañando y compartiendo realidades ficticias. Los vecinos de enfrente saludaban con las manos alzadas a quienes pasaban por las orillas de sus banquetas, desde las mecedoras broncíneas de los corredores, y charlaban en voz alta sobre las nimiedades sociales. Así era la bella vida que recuerdo, sin puntos ni comas de más.

Hace días regresé a una casa en cuyas puertas tuve que ingresar encorvado porque los marcos se encogieron. Prefiero pensar en la imposibilidad de que los marcos de acero se encojen cuando se inundan de tiempo, a hacerme a la idea de que en realidad crecí. Adentro, sobre el sillón de flores rotas, estaban el abuelo y sus memorias, los primos que crecieron y se quedaron a vivir ahí y un montón de nuevas caras pintadas de sorpresa.

La fotografía de la abuela seguía mirándome de una forma inquisitiva, desde la pared fracturada, como si tratara de decirme algo. Así prefiero recordarla: con su carácter fuerte, innumerables pellizcos y una cajetilla de cigarros Argentinos. Me aterra soñarle como el último día, hace exactamente quince años, con su cara pálida suplicante y un tanque de oxígeno lleno en la caja de una camioneta en la otra esquina.  

Yo no me tapé la cara y la vi partir en la misma cama donde el cáncer comenzó. Llovió toda la noche y lloró la casa entera.  A veces pienso que la abuela no se fue del todo porque me parece escuchar el timbre de su voz en otras voces, en otras canas. Y me agrada pensar que así es. Debo confesar que echo de menos aquel tiempo vivido sin recaudos ni prisas y que hoy terminaré de escribir esta columna como siempre acabé de jugar aquellas tardes junto a los primos, lloriqueando como marica por no entender porque me siguen conmoviendo las mismas tormentas.



Sergio Telles

15 de febrero de 2016

El genocidio de la clase media.

Quizás, como nunca antes, debemos detenernos a dialogar sobre todo lo que no se dijo acerca de nuestro país, entender el trasfondo neurálgico de las reformas impulsadas y concretadas por el Ejecutivo y cuestionar los cambios estructurales, cuestionar la retórica convencional y razonar sobre el beneficio objetivo. El único derecho que no pueden robarnos, en este momento, es el derecho de formular preguntas. Recibir respuestas, es lo poco que nos queda. Lo poco que, por desgracia, puede hacerse. La obligación de los de pantalón largo y un buen propósito para el año siguiente.

Cuesta trabajo desmenuzar la teoría hasta encontrar una causa raíz porque, aquella causa, será la consecuencia para algunos cuantos, para los de siempre, para los que más tienen, para los que controlan el país. El Grupo que ya no vive entre las sombras. El Grupo que ordeña los presupuestos estatales, precursores del nepotismo y la avaricia generacional.

Los mismos que han saqueado en el pasado, son los mismos que saquean en el presente. Es la evolución del robo, de la falta de vergüenza, de la ambición primitiva. Un pueblo lego, es un pueblo destinado a reincidir en la catástrofe. El reconcomio que, me despierta, todos los días.

Pasé mucho tiempo tratando de entender la estupidez con la que PEMEX era conducida, hasta que se habló de La Reforma Energética. Entonces entendí que, desde hace años, se cocinaba la enfermedad y, ahora, ellos mismos, nos vendían la panacea. La dictadura hecha partido es la única que puede aniquilar los sindicatos, porque fueron ellos mismos quienes los originaron.

La Reforma Hacendaria es el epifenómeno de La Reforma Energética, ambas aprobadas hace meses. Se busca amortiguar el impacto de dividir las utilidades de la petrolera con los capitales extranjeros. Es por eso que proponen hacer ajustes de toda índole, con las tijeras del vilipendio. El barril de crudo sigue cayendo… cayendo… cayendo.

Este par de reformas son el verdugo de los que comienzan a alzar el vuelo en la búsqueda de oportunidades, los que buscan un crédito, los que ganan el salario mínimo. Es la riqueza desmedida para quienes votaron en lo particular y en lo general. La desgracia rizomática para todos los pronombres personales, excepto: ellos.

Sergio Telles

12 de febrero de 2016

La soledad de un solo

El verbo enhebrado había quemado las pestañas de mis ojos durante las noches que no dormí. El molesto sonsonete de la subasta de los 200 millones de dólares diarios del Banco de México, para sostener al peso, hacía eco en mis hemisferios. Me esperaban impacientados una emboscada de sueños no cumplidos y voces graves en mis oídos que ya no dicen nada. Cierra bien la puerta y no llores, porque serás más débil de lo que fuiste ayer; saluda con una valedera sonrisa en la cara, antes de ir a la cama, si no quieres parecer descortés. No hay ventanas grandes en el cielo.

No comas con la boca llena ante el público, persígnate afuera del templo, no juzgues lo que pasa y no apuntes con el dedo. No importan las mentiras que cuentes porque siempre hay un pueblo que cree y un espacio en el cielo. El hermano de Gortari es inocente y, el precio del petróleo, sigue cayendo… cayendo…cayendo. La burla que no soporto.

El imperialismo nos ha dejado a oscuras, mordiéndonos los labios que callan la crisis incipiente. Pocos comen, nadie vive y todos laboran. Han vendido la inocencia. Han creído en los embustes del Estado. Han pagado su seguridad con la libertad de todos y, vivir inconformes, es morir resignados. Crasas trapacerías que ya no necesitan libretos.

No me sorprendería, en absoluto, una pronta devaluación. De esas enormes devaluaciones a las que la dictadura nos tiene acostumbrados. Ya percibo su hedor, sus gritos, sus golpes. Imagino la comedia que nos contará el duopolio televisivo, las señales coercitivas del Grupo, los quejidos de los despiertos. Veo las tasas de interés por las nubes, cierro los ojos, y pienso.

La soledad de un solo se respeta y se disfruta tanto como la compañía. La soledad de un solo no miente ni discute, sólo espera su final. La soledad de un solo es la orgía de silencios, una realidad paralela y un aliento amargo de alquitrán. La soledad no es la ausencia de palabras, sino el exceso de melancolía. La soledad de un solo es tan ingrata consigo misma porque no perdona a quien se marcha y su única venganza tiene empleo vitalicio.

Sergio Telles