12 de febrero de 2016

La soledad de un solo

El verbo enhebrado había quemado las pestañas de mis ojos durante las noches que no dormí. El molesto sonsonete de la subasta de los 200 millones de dólares diarios del Banco de México, para sostener al peso, hacía eco en mis hemisferios. Me esperaban impacientados una emboscada de sueños no cumplidos y voces graves en mis oídos que ya no dicen nada. Cierra bien la puerta y no llores, porque serás más débil de lo que fuiste ayer; saluda con una valedera sonrisa en la cara, antes de ir a la cama, si no quieres parecer descortés. No hay ventanas grandes en el cielo.

No comas con la boca llena ante el público, persígnate afuera del templo, no juzgues lo que pasa y no apuntes con el dedo. No importan las mentiras que cuentes porque siempre hay un pueblo que cree y un espacio en el cielo. El hermano de Gortari es inocente y, el precio del petróleo, sigue cayendo… cayendo…cayendo. La burla que no soporto.

El imperialismo nos ha dejado a oscuras, mordiéndonos los labios que callan la crisis incipiente. Pocos comen, nadie vive y todos laboran. Han vendido la inocencia. Han creído en los embustes del Estado. Han pagado su seguridad con la libertad de todos y, vivir inconformes, es morir resignados. Crasas trapacerías que ya no necesitan libretos.

No me sorprendería, en absoluto, una pronta devaluación. De esas enormes devaluaciones a las que la dictadura nos tiene acostumbrados. Ya percibo su hedor, sus gritos, sus golpes. Imagino la comedia que nos contará el duopolio televisivo, las señales coercitivas del Grupo, los quejidos de los despiertos. Veo las tasas de interés por las nubes, cierro los ojos, y pienso.

La soledad de un solo se respeta y se disfruta tanto como la compañía. La soledad de un solo no miente ni discute, sólo espera su final. La soledad de un solo es la orgía de silencios, una realidad paralela y un aliento amargo de alquitrán. La soledad no es la ausencia de palabras, sino el exceso de melancolía. La soledad de un solo es tan ingrata consigo misma porque no perdona a quien se marcha y su única venganza tiene empleo vitalicio.

Sergio Telles

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