10 de febrero de 2016

Sudario de las tempestades

Nada me preocupa más que la efímera memoria del mexicano. Esa enorme capacidad para minimizar los graves conflictos, esa sublime capacidad de perdonar la ignominia pública, el robo a ojos vistos y la burla cagona. Distracción amasada de pundonor y arrepentimiento. 
El afán de perder para escuchar.

Quedan pocos días para conocer a los que aún no se han destapado para la gubernatura de Nuevo León. El PRI irá, seguro, con su mejor carta: Ildefonso Guajardo. El PAN, con Margarita Arellanes. En una política que se sostiene de apariencias, gana el que sonríe más en la foto y el que invierte más dinero en campaña. La fórmula que ha funcionado siempre en todas las jerarquías del poder.

Estamos a punto de presenciar el espectáculo repetido de la política mexicana. Se preparan las raquíticas despensas compradas con el erario de las administraciones partidistas para lograr, a partir de miserias, los votos de los sitios más marginados del Estado. Se comienzan a confeccionar los discursos mesiánicos, las encuestas amañadas. Se afilan la hipocresía del saludo y las amenazas a los sexagenarios de retirarles los apoyos mensuales. 

Se agendan las comidas y cenas con empresarios que serán padrinos durante toda la administración, la determinante visita eclesiástica, las reuniones ilusorias con los jóvenes adeptos y los mensajes presuntuosos en los panorámicos. La comedia perpetua del cinismo.

Hemos presenciado, en las semanas anteriores, el debacle de la pseudo izquierda. Un acto de estupidez progresiva que comenzó a partir del Pacto por México, que representó la compra-venta de la oposición al gobierno de Peña Nieto, hasta la renuncia del líder moral del partido en las últimas fechas. Por ahora, la única izquierda racional que nos queda es la que sale, digna y pacíficamente, a manifestarse en las calles pero, por desgracia, para todos, no está organizada.

Sergio Telles

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