Existe una divergencia total con las declaraciones tremebundas del procurador. Existe, también, cólera desparramada en todos los estratos sociales a los que ha llegado la noticia del genocidio mexicano. Iguala es el espejo de la descomposición social que se ha venido administrando, desde hace décadas, en un país que baila, poseso, sobre cadáveres sin nombre. El país de la telenovela perpetua, donde la Primera Dama fue una mala actriz que ganó más de 86 millones de pesos y, La Corcholata, funge como embajadora de la educación.
Hay irregularidades en los hallazgos de las investigaciones. Hay un hambre de justicia que no había visto nunca en mis 24 años. México es ejemplo reincidente de tragedias, es un país que camina con los pies atados. El país que me parió, duele. Nos duele mucho el fratricidio repetido.
La costumbre nos ha enseñado, desde niños, a culpar al más imbécil. No creo que el problema sea sólo el presidente que eligieron 18 millones de votantes, porque el IFE y el INE no mienten, ¿cierto? El problema está en el cáncer que pervive en las instituciones, en la gente que, ante la fatídica realidad, se cansó de hacer las cosas bien. En un sitio edificado de mentiras todo se infecta, todo se apesta. Apestan las fosas que aún no se encuentran, los ríos de ceniza, el sistema desahuciado, los vientos. Apestamos todos.
Es inadmisible e imperdonable lo que vivimos. La dictadura hecha partido y el narcotráfico amordazando al país, dirigiéndolo, saqueándolo. Sé que dirán que siempre fue así, pero nunca con tal cinismo, con tal brutalidad. Los 43 estudiantes de Ayotzinapa son la punta del iceberg de miles de desaparecidos, asesinados, desmembrados por el Estado. Olvidados todos por la indiferencia mexicana, por la raigambre que vive, en el mejor de los casos, con ochocientos pesos a la semana. Esos son los miles de empleos de los que habla en cada informe, con tanto orgullo, nuestro gobernador. ¿La educación? ¿La oposición? ¿Los derechos humanos? ¿La libertad de manifestación? Los 4 existen cuando se vive en el disimulo eterno pero, en momentos tan crudos como estos, cuando nos detenemos a ver la miseria que nos envuelve, que nos sofoca y nos exprime, ya no importa la gota que derramó el vaso, sino todas aquellas que lo llenaron. Este país huele a Comala, huele al más podrido de los círculos del infierno.
Sergio Telles
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