8 de febrero de 2016

El sábado del miércoles

Los años se empalmaron, con violencia, hasta formar un triste tres. El sonido confuso de la bocacalle me habla de la soledad de los suspiros, del ruido acumulado de las horas. El reloj de mano, que no tienes, debe anunciarte la fecha que grita por los dos.

Las piernas tumefactas se han vencido con la apatía de las llamadas ausentes, no perdidas, porque nadie les ha pronunciado. Vuelan las respuestas esquizoides por los dormitorios que, agrupados, forman una renta. La fiebre no ha bajado desde el viernes, y las flemas duelen cuando, recordando la costumbre, me palmeo, tres veces, el pecho. Siempre el tres cabalístico.

Los sueños bajan al estómago hambriento de los días callados. El viento escupe miedo en las calles. Pasan las memorias circuncidadas por un hado consabido. Vuelven las miradas que solía callar con un beso… Dos besos… Tres. Retroceden las ganas cuando mi arritmia solicita la friática venganza por descubrirse sin tiempo, en tu ausencia. Hay breves noticias que mataron las sonrisas de los años perdidos que muerden, sin filo, dentro.

Avanzan lo soliloquios bípedos por las avenidas que esconden la muerte de muchos, de soldados sin insignias, de los amantes preferidos de le fait. Absurdo el gerundio soltero.
Absurdo todo lo que cae cuando no mata.

Se detienen los discursos pragmáticos que se escabullian en tus generosos oídos. Guardan distancia las risas sordas que me hacían olvidarme de mi estúpida neurosis, de mi monomanía por construir sin destruir. Sometidos mis impulsos de buscar a quien no quiero encontrar y vomitando mi fijación hacia ti. Odio el sábado del miércoles donde se detiene, para siempre, mi vicisitud extraordinaria.

Sergio Telles

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