21 de noviembre de 2014

Lúgubre madrugada.

Dijiste tanto, comprendí tan poco;
el viejo reloj de arena nos dejó sin tiempo.
Traté de entender lo inentendible y pagar mis erratas en el espejo de la infamia.

 Quise, al extremo en donde no queda ni un poco de cariño en el alma biselada.
Tu miedo y mi silencio se besaron a escondidas, hicieron el amor, nos ganaron la osadía y, ahora, mis ojos cansados me exigen dormir; mi mente agobiada, olvidar.

 La rabia nos dejó solos.
El quebranto de mi voz en el teléfono, es evidencia sustentable de que aún no aprendo lo suficiente del dolor y la nausea. Permitimos que la indiferencia entrara y saliera, abusando de nuestra confianza ingenua.

 El último abrazo fue el verdugo que no olvido. Las lágrimas se introdujeron en las bocas desgarrando las gargantas. Vomitando la amarga resaca de lo que un día fue.

 Te mintieron cuando te dijeron que lo mejor para ti era lo mejor para los dos,
¿qué voy a hacer ahora con mi saliva díscola y tus manos frías en la urticaria de mis miembros? Si la luna se ha burlado de nosotros, mientras fingimos que no estamos fingiendo.

 Sergio Telles.

7 de noviembre de 2014

Lo que escribí mientras dormías.

Un par de miradas profundas y la retórica perfecta,
sublime antídoto para la pesadumbre de mis pasos,
instante pérfido para la soltura de mis labios que han quedado en
evidencia de querer besarte.

 Locuacidad y silencio, divina contradicción;
tormenta y placidez en medio de mentes sitiadas, partidarias de la involución.
Con un simple gesto integras las partes de mí que alguien más derivó, haces enteras
mis mitades y reprimes los cirros que me aquejan.

 Torpe el que no entienda lo que el corazón instruye;
todos mis impulsos se difuminan bajo la almohada;
tú no me miras, pero entiendo lo que callas; sigues durmiendo.

 Debí haberte dicho tantas cosas porque el pasado me ha tildado de imprudente;
quizás no sepas que el nombre tuyo, es un neologismo mío, y lo resguardo, bajo las sábanas, con recelo.                                     

 Tu saliva contractiva es el subsidio de mis labios, los mismos que hoy con palabras acrecientan la idea de que tu subconsciente aún me recuerde; continúas durmiendo.

 Con el transcurso de las horas, el sueño y mis ojeras le declaran la guerra a este mágico sufrimiento, el mismo que no pienso perder  en esta noche gélida. Y, mientras tú duermes, sigo aferrándome a la esperanza de seguir pensando que, cuando te cansas de pensar en mí, piensas en mí descansando.

 Sergio Telles.