Un par de miradas profundas y la
retórica perfecta,
sublime antídoto para la
pesadumbre de mis pasos,
instante pérfido para la soltura
de mis labios que han quedado en
evidencia de querer besarte.
Locuacidad y silencio, divina
contradicción;
tormenta y placidez en medio
de mentes sitiadas, partidarias de la involución.
Con un simple gesto integras las
partes de mí que alguien más derivó, haces enteras
mis mitades y reprimes los cirros
que me aquejan.
Torpe el que no entienda lo que
el corazón instruye;
todos mis impulsos se
difuminan bajo la almohada;
tú no me miras, pero entiendo lo
que callas; sigues durmiendo.
Debí haberte dicho tantas cosas porque
el pasado me ha tildado de imprudente;
quizás no sepas que el nombre
tuyo, es un neologismo mío, y lo resguardo, bajo las sábanas, con recelo.
Tu saliva contractiva es el subsidio
de mis labios, los mismos que hoy con palabras acrecientan la idea de que
tu subconsciente aún me recuerde; continúas durmiendo.
Con el transcurso de las horas, el sueño y mis ojeras le declaran la guerra a este mágico sufrimiento, el mismo que no pienso perder en esta noche gélida. Y, mientras tú duermes, sigo aferrándome a la esperanza de seguir pensando que, cuando te cansas de pensar en mí, piensas en mí descansando.
Sergio Telles.
Con el transcurso de las horas, el sueño y mis ojeras le declaran la guerra a este mágico sufrimiento, el mismo que no pienso perder en esta noche gélida. Y, mientras tú duermes, sigo aferrándome a la esperanza de seguir pensando que, cuando te cansas de pensar en mí, piensas en mí descansando.
Sergio Telles.
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