7 de noviembre de 2014

Lo que escribí mientras dormías.

Un par de miradas profundas y la retórica perfecta,
sublime antídoto para la pesadumbre de mis pasos,
instante pérfido para la soltura de mis labios que han quedado en
evidencia de querer besarte.

 Locuacidad y silencio, divina contradicción;
tormenta y placidez en medio de mentes sitiadas, partidarias de la involución.
Con un simple gesto integras las partes de mí que alguien más derivó, haces enteras
mis mitades y reprimes los cirros que me aquejan.

 Torpe el que no entienda lo que el corazón instruye;
todos mis impulsos se difuminan bajo la almohada;
tú no me miras, pero entiendo lo que callas; sigues durmiendo.

 Debí haberte dicho tantas cosas porque el pasado me ha tildado de imprudente;
quizás no sepas que el nombre tuyo, es un neologismo mío, y lo resguardo, bajo las sábanas, con recelo.                                     

 Tu saliva contractiva es el subsidio de mis labios, los mismos que hoy con palabras acrecientan la idea de que tu subconsciente aún me recuerde; continúas durmiendo.

 Con el transcurso de las horas, el sueño y mis ojeras le declaran la guerra a este mágico sufrimiento, el mismo que no pienso perder  en esta noche gélida. Y, mientras tú duermes, sigo aferrándome a la esperanza de seguir pensando que, cuando te cansas de pensar en mí, piensas en mí descansando.

 Sergio Telles.


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