21 de noviembre de 2014

Lúgubre madrugada.

Dijiste tanto, comprendí tan poco;
el viejo reloj de arena nos dejó sin tiempo.
Traté de entender lo inentendible y pagar mis erratas en el espejo de la infamia.

 Quise, al extremo en donde no queda ni un poco de cariño en el alma biselada.
Tu miedo y mi silencio se besaron a escondidas, hicieron el amor, nos ganaron la osadía y, ahora, mis ojos cansados me exigen dormir; mi mente agobiada, olvidar.

 La rabia nos dejó solos.
El quebranto de mi voz en el teléfono, es evidencia sustentable de que aún no aprendo lo suficiente del dolor y la nausea. Permitimos que la indiferencia entrara y saliera, abusando de nuestra confianza ingenua.

 El último abrazo fue el verdugo que no olvido. Las lágrimas se introdujeron en las bocas desgarrando las gargantas. Vomitando la amarga resaca de lo que un día fue.

 Te mintieron cuando te dijeron que lo mejor para ti era lo mejor para los dos,
¿qué voy a hacer ahora con mi saliva díscola y tus manos frías en la urticaria de mis miembros? Si la luna se ha burlado de nosotros, mientras fingimos que no estamos fingiendo.

 Sergio Telles.

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