Suena
la alarma, me visto enseguida e inicio la marcha; el sol ya golpea mi frente de
manera intermitente y exhaustiva. El ruido estúpido de los claxon aturde a
distancia y se pierde en los edificios antiguos de la calzada. Alzo mi mirada
desnuda tratando de soslayar, en absoluto, los rayos febriles que enrojecen mis
pupilas cansadas, dilatadas, nocherniegas. Debí dormir poco anoche; debí pensar
mucho en ti.
Entre
la muchedumbre, hay seres con una dieta austera de abrazos, eufemismos
disfrazados de cordialidad, rimas de odios y, sobre el asfalto, la lividez de
unos cuantos resignados a no existir. Menuda etología del desatino.
Tantas
manos, tantos teléfonos y tantas llamadas intrascendentes; tantos cerebros
copiosos, tanta hambre, tanta sed y tanta abundancia; tanto que pensar, tanto
que decir y mucho que callar… Continuo la marcha, pensando.
El
viejo mezquite no habla, pero lo dice todo; su tallo sutilmente laminado me
hace pensar en el dolor de una planta, de ese dolor que Platón y Lope de Vega
se rehusaron a escribir.
Lanzo
con una mueca mi evidente disgusto hacia una jauría de peatones que, sonríen,
ante el dolor impúdico de un minusválido, en el costado izquierdo del puente
que divorcia a la avenida periférica del camino más cercano hacia la
Catedral.
Entiendo que me espera, impaciente, un día completo para discurrir de lo antes dicho, para morirme en las letras. Esos pequeños fragmentos fúnebres de tiempo que complementan a un todo en la embriaguez de tu ausencia.
Sergio Telles.
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