5 de diciembre de 2014

Proeza de un día soleado.

Suena la alarma, me visto enseguida e inicio la marcha; el sol ya golpea mi frente de manera intermitente y exhaustiva. El ruido estúpido de los claxon aturde a distancia y se pierde en los edificios antiguos de la calzada. Alzo mi mirada desnuda tratando de soslayar, en absoluto, los rayos febriles que enrojecen mis pupilas cansadas, dilatadas, nocherniegas. Debí dormir poco anoche; debí pensar mucho en ti.

 Entre la muchedumbre, hay seres con una dieta austera de abrazos, eufemismos disfrazados de cordialidad, rimas de odios y, sobre el asfalto, la lividez de unos cuantos resignados a no existir. Menuda etología del desatino.

 Tantas manos, tantos teléfonos y tantas llamadas intrascendentes; tantos cerebros copiosos, tanta hambre, tanta sed y tanta abundancia; tanto que pensar, tanto que decir y mucho que callar… Continuo la marcha, pensando.

 El viejo mezquite no habla, pero lo dice todo; su tallo sutilmente laminado me hace pensar en el dolor de una planta, de ese dolor que Platón y Lope de Vega se rehusaron a escribir.

 Lanzo con una mueca mi evidente disgusto hacia una jauría de peatones que, sonríen, ante el dolor impúdico de un minusválido, en el costado izquierdo del puente que divorcia a la avenida periférica del camino más cercano hacia la Catedral.

 Entiendo que me espera, impaciente, un día completo para discurrir de lo antes dicho, para morirme en las letras. Esos pequeños fragmentos fúnebres de tiempo que complementan a un todo en la embriaguez de tu ausencia.


 Sergio Telles.

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