La prudencia es enemiga de la
existencia desinteresada.
Los murmullos secos de sonrisas
indispuestas hacen acto de presencia sobre las espinillas de mis espaldas.
Tengo frío.
No mires directo a los ojos
porque se forrarán de lágrimas.
Sólo Dios y el estante vacío saben
lo que he pasado,
de las puertas que se han cerrado
y las solicitudes en el cielo.
Tengo frio y miedo.
Lo que siento no es inefable pero
no cabe en la absurda extremidad de las palabras,
ni en la suerte, ni en azar. Tengo
frio, miedo y estoy inseguro de mi propia seguridad.
Sólo quédate cuando te marches en
un recuerdo vago y equidistante,
en una oración muda, en una
promesa sin cumplir, en un silencio ominoso, en un coito interrumpido y en la
fragancia soberbia del carmín.
No me cuentes todo lo que hiciste
ni todo lo que no encontraste,
piérdete conmigo como se pierde
un lector ambiguo en Borges.
Entonces entenderás que es justo
ahora el momento apropiado y
el instante preciso en el
que necesito que me abraces.
Pero me das la espalda, jalas el
gatillo, el reloj calla y te vas.
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