23 de diciembre de 2014

El instante preciso en el que necesito que me abraces

La prudencia es enemiga de la existencia desinteresada.
Los murmullos secos de sonrisas indispuestas hacen acto de presencia sobre las espinillas de mis espaldas. Tengo frío.

 No mires directo a los ojos porque se forrarán de lágrimas.
Sólo Dios y el estante vacío saben lo que he pasado,
de las puertas que se han cerrado y las solicitudes en el cielo.
Tengo frio y miedo.

 Lo que siento no es inefable pero no cabe en la absurda extremidad de las palabras,
ni en la suerte, ni en azar. Tengo frio, miedo y estoy inseguro de mi propia seguridad.

 Sólo quédate cuando te marches en un recuerdo vago y equidistante,
en una oración muda, en una promesa sin cumplir, en un silencio ominoso, en un coito interrumpido y en la fragancia soberbia del carmín.

 No me cuentes todo lo que hiciste ni todo lo que no encontraste,
piérdete conmigo como se pierde un lector ambiguo en Borges.
Entonces entenderás que es justo ahora el momento apropiado y
el instante preciso en el que necesito que me abraces.


 Pero me das la espalda, jalas el gatillo, el reloj calla y te vas.

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