6 de enero de 2015

23 de julio

Alzas el vuelo ante el torpor de mi mirada,
las lágrimas sobran cuando el dolor ampara;
sentir que sutilmente te acercas cuando en realidad te apartas;
momento merolico: satírico y límpido, plasmado en una ridícula contradicción.

 Quedará decir, en el hastío, todo lo que no dije a tus espaldas, mientras la noche se burle, hipócritamente, en mi cara. Quedará mentirle al viento que mi complemento no hace falta.

 Hurtaré lo que no tengo, excepto la distancia,
daga fría que me hiere y perdona lo que callas.
En la profundidad de una fría cisterna: mi boca racional y su mirada represiva, se encuentran.

 Hiciste huecos sobre la languidez de mi cuerpo, sin barrena, bajo las sombras de un par de cipreses que se tocan suciamente en la niebla. Abuso de retórica o perfecta estratagema que me hacen perderme al escudriñar entre frases cortas y extensos poemas. El error no fue exigir peras al olmo, sino amor a las piedras.

 Hoy mis labios tienen prohibido pronunciar su nombre.
El amanecer nítido y mi longanimidad agónica me reprimen
a destiempo, sintiéndome tan innecesario como el colirio en ojos llorosos.

Siendo realista e hipócritamente devoto.

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