12 de septiembre de 2015

Mediocridad congénita

Existe un círculo de parásitos administrativos que comen y visten del erario. Personas sin educación ni estudios que cobran, cada quince días, como un profesionista exitoso. Este grupo sigue el tradicional saqueo del dinero público, el nepotismo y la rapiña precoz. Impulsados por el rancio vacío intelectual, la escasez de raciocinio y la vergüenza ausente.

Les reclutan muy jovenes, antes de que alcancen a conectar la historia con el presente. Les enseñan el autoengaño, la codicia, la frivolidad política. Frentes juveniles pseudo democráticos que surgieron con la única intención de lavar las culpas de los que están arriba, en la cumbre impune de los partidos. La catarsis de los grandes traidores mexicanos.

Aprovechan la soberbia de la adolescencia, en la que se busca encajar, a todo precio, en los estratos más distinguidos de la sociedad, para afiliarles con la promesa de un alto puesto en el ayuntamiento. Años después, todo se ve resumido a una migaja de puesto político y la pérdida de la credibilidad. La estupidez implícita de la adolescencia cega siempre. El poder tenta hasta los más nobles.

Les seleccionan estratégicamente, primero, a los más populares del pueblo que, tiempo después, traerán consigo, al resto. Les enseñan la teoría del olvido y les venden la idea de un rejuvenecimiento de las altas filas del partido. Montan un destacamento empático que irá casa por casa a evangelizar con una política ocultista, inicua y bien trabajada con incantación.

Les encauzan y les hacen creer que están siguiendo sus ideales, cuando desde el principio los objetivos están bien definidos por los céfalos de estas instituciones. Les muestran la hagiografía política y enaltecen a quienes lucraron con la ignorancia de las generaciones pasadas, ahora convertidos en héroes por una historia nacional truculenta. Todo lo hacen con el falso argumento de involucrar a la juventud en la política. En una política amañada y seductora que conviene a unos cuantos.

Van y vienen en caravanas, con alegrías prestadas, apellidos renombrados, una visión ajena y una ambición biselada. Siguiendo un mito reformador, una lambisconería excesiva, una desgracia propia. Van inyectados de astucia mal digerida y hambre de reconocimiento. El noventa por ciento de ellos es remplazado por nuevas personalidades y el diez por ciento restante se adhiere al partido para seguir acrecentando la mediocridad de luchar contra la razón, contra las verdades del pasado, contra los miles de desaparecidos por el gobierno, de luchar a favor de la censura y el autoritarismo. Ellos luchan por una causa. Todos luchan por una causa. Pero la causa no es suya.


Sergio Telles

5 de septiembre de 2015

Guerreros Insomnes

De lunes a viernes, en la central de autobuses de Allende, a las 5:30 am, se reúnen los zorzales universitarios de ojos cansados y sueños sin almohada. Unos pocos que forman parte del nimio 17% de la juventud que cursa la educación superior en México.

Una lucha que comienza en la búsqueda exhaustiva de un mejor futuro, a conciencia y con coraje. Un coraje que sabe a azahar, miel y huevo. Una lucha de prohombres que terminará, cinco años después, con la consagración de sus estudios y el destierro de la mayoría de ellos en algún puesto de alguna empresa, en otra ciudad. “Alere flammam veritatis.” Quid ultra faciam?

El autobús conoce, a detalle, la historia de los más de treinta. El autobús no perdona la impuntualidad ni las espaldas cansadas. El autobús agrisado se lleva con sus seis ruedas de caucho: el orgullo, la angustia y el miedo. La intermitencia de las luces del pasillo les recuerda su trayecto y sus ausencias. La luna, les mira desde lo alto como madre preocupada.

Cuando el chofer apaga las luces, por completo, las voces callan pero hablan los silencios. Hablan los exámenes confusos, las asignaturas jocudas, los catedráticos odiados, la teoría y las ciencias exáctas. Hablan todos a la vez, en una atmósfera impúdica de silencio.

Las historias que se cuentan, dentro, amortizan los olores nefastos de algunos días, y tejen los recuerdos para años. Pesan las billeteras llenas de sacrificios y las mochilas cargadas de tiempo. Suenan los celulares y las alarmas. Huelen los climas drásticos regiomontanos, la piel de tejón, los pasos ajados y el camino sin viento. Del otro lado del cristal de la ventanilla empañada de vaho, está la ciudad dormida en la vejez de la madrugada.

Noventa minutos después de transitar la carretera que apesta a corrupción de Caminos y Puentes, cada uno, hombres y mujeres, toman su camino por las ramificaciones del campus universitario, para continuar sumando los pilares de sus sueños. Sueños colectivos porque dentro del sueño mismo, están los sueños de sus padres y abuelos. Sueños que no duermen porque la única forma de concretarlos es estando despiertos.

¿Quién les mira? ¿Quién mira sus esfuerzos? Dios desde lo alto y sus familias que oran su regreso, les besan las mejillas y les despiden todo el tiempo, porque al igual que “Los amorosos” de Sabines, los guerreros insomnes, siempre se están yendo.

Sergio Telles