Existe un círculo de parásitos administrativos que comen y visten del erario. Personas sin educación ni estudios que cobran, cada quince días, como un profesionista exitoso. Este grupo sigue el tradicional saqueo del dinero público, el nepotismo y la rapiña precoz. Impulsados por el rancio vacío intelectual, la escasez de raciocinio y la vergüenza ausente.
Les reclutan muy jovenes, antes de que alcancen a conectar la historia con el presente. Les enseñan el autoengaño, la codicia, la frivolidad política. Frentes juveniles pseudo democráticos que surgieron con la única intención de lavar las culpas de los que están arriba, en la cumbre impune de los partidos. La catarsis de los grandes traidores mexicanos.
Aprovechan la soberbia de la adolescencia, en la que se busca encajar, a todo precio, en los estratos más distinguidos de la sociedad, para afiliarles con la promesa de un alto puesto en el ayuntamiento. Años después, todo se ve resumido a una migaja de puesto político y la pérdida de la credibilidad. La estupidez implícita de la adolescencia cega siempre. El poder tenta hasta los más nobles.
Les seleccionan estratégicamente, primero, a los más populares del pueblo que, tiempo después, traerán consigo, al resto. Les enseñan la teoría del olvido y les venden la idea de un rejuvenecimiento de las altas filas del partido. Montan un destacamento empático que irá casa por casa a evangelizar con una política ocultista, inicua y bien trabajada con incantación.
Les encauzan y les hacen creer que están siguiendo sus ideales, cuando desde el principio los objetivos están bien definidos por los céfalos de estas instituciones. Les muestran la hagiografía política y enaltecen a quienes lucraron con la ignorancia de las generaciones pasadas, ahora convertidos en héroes por una historia nacional truculenta. Todo lo hacen con el falso argumento de involucrar a la juventud en la política. En una política amañada y seductora que conviene a unos cuantos.
Van y vienen en caravanas, con alegrías prestadas, apellidos renombrados, una visión ajena y una ambición biselada. Siguiendo un mito reformador, una lambisconería excesiva, una desgracia propia. Van inyectados de astucia mal digerida y hambre de reconocimiento. El noventa por ciento de ellos es remplazado por nuevas personalidades y el diez por ciento restante se adhiere al partido para seguir acrecentando la mediocridad de luchar contra la razón, contra las verdades del pasado, contra los miles de desaparecidos por el gobierno, de luchar a favor de la censura y el autoritarismo. Ellos luchan por una causa. Todos luchan por una causa. Pero la causa no es suya.
Sergio Telles
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