2 de octubre de 2015

Little México

Los sueños y las necesidades, en algunas ocasiones, necesitan cruzar fronteras. La escasa generación de empleos invita a migrar a los trabajadores mexicanos a los Estados Unidos de América en busca de oportunidades prolíficas, crecimiento personal y sustento económico.

Los que se fueron conservan la imagen suspendida del día y la hora en que partieron. Con los ojos llenos, guardaron el paisaje para no olvidar. Siguieron el camino valorado en verde, conviviendo a diario con una cultura distinta, arrebatadora, familiarizándose con las llamadas de larga distancia de lágrimas en los ojos, las remesas que no alcanzan, la xenofobia que ofende y la nostalgia ubicua.

El sueño americano se resume en un sacrificio impensable, en una visa para una vida digna, en una remuneración más justa, en un permiso astuto, en el reloj que sigue las horas y en la añoranza que muerde en el alma. Hay hijos, padres, hermanos, tíos, primos, abuelos y amigos del otro lado. Hay historias inconclusas esperando su regreso. Hay trabajo, fuerza comprometida, cansancio y estulticia.

Algunos regresan, eventualmente, con la misma humildad con la que se fueron. Algunos otros, hablando en inglés, empapados del vecino del norte, cambiando el mercado por el Mall, esperando, con ansias, el Thanksgiving y el Income tax. Algunos, desde que se fueron, sólo piensan en volver. Algunos otros, no regresan nunca y les sorprende la muerte en el trayecto.

En el sur del norte se crean pequeñas comarcas que intentan copiar el lugar que dejaron. Rodeados de ellos mismos, de comunicación extensa, de la insurrección contra el extranjerismo que intenta americanizarlos. Ahí se ven las novelas en los televisores, se comen tacos con salsa, se cotillea y se reza en español. Se habla todos los días de todo lo que pasa en sus casas que están lejos, al otro lado del río.

Hay una esperanza que nutre a los que se quedaron, y es que algún día les verán de nuevo entrando por la puerta grande. Y no habrá más viajes de regreso con “La pinky” y “El Mexicano”, y todos se quedarán en casa a ver crecer a los hijos y a los nietos. No habrá despedidas en lunes ni maletas de ropa que cansen. Esta utopía siempre ayuda a vivir las ausencias.

Sergio Telles

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