30 de octubre de 2015

Facciones

El Sol es la alarma infalible que despierta todo. Salen los viejos a sus corredores y jardines con una taza de café en mano y un periódico que repliegan sobre ambas piernas que, se dejan seducir, por el vaivén de las mecedoras. Pasan los vecinos que saludan y se detienen, brevemente, para contar una noticia de mundo o algún cotilleo que sirve de entremés para la reunión de las tardes.

Enfrente de la acera, la rebelión de las escobas gastadas barren el polvo y, al mismo tiempo, un chorro de agua fría que riega las banquetas de administraciones pasadas, anuncian la media mañana de la región citrícola. El olor de los almuerzos emana de todas las casas y colonias, ese olor excelso y delicioso que no he encontrado en otra parte.

Pasan los estudiantes de la Vidaurri, de la Juárez y de la Allende, ordenados, sigilosos. Pasan todos los de las otras calles en la disposición de sus tiempos, con una mochila que pesa en las espaldas y una cabeza atiborrada de sueños. Las veredas que siguen la periferia de la ciudad, los matorrales poblados que esconden muerte y basura, y ese naranjo arqueado que no se cansa de echar frutos. Pasan los trabajadores con el espítitu despierto, con la necesidad encima, con el sacrificio admirable.

Suenan los campanadas de las parroquias y las músicas de los coches que rebotan en los ventanales de los negocios que, abren siempre, a las nueve. Las plazas se infestan de pluralidad cultural, de pragmatismo crudo, de soberbia efímera. Siempre hay un bolero que espera un par de botas, siempre hay un mendigo que necesita un pan. El cielo azul que vigila ese fragmento de tierra fértil es, sin duda, el mejor del Estado. El agua límpida que se bebe y que se anuncia en las mañanas, con melodías repetitivas, tiene el sabor que se extraña en los paladares ausentes.

La belleza de sus mujeres que caminan y se exhiben ante las miradas ajenas, la inteligencia incólume y el trabajo que demuestra lo grande que son estos pueblos, la educación de saludar sin conocer al receptor y la solidaridad que compone el esqueleto de todo, son una parte del total de los factores que confirman las facciones de los habitantes de esta mágica zona que sueño, desde mi almohada, todos los días.

Sergio Telles

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