El
Sol es la alarma infalible que despierta todo. Salen los viejos a sus
corredores y jardines con una taza de café en mano y un periódico que repliegan
sobre ambas piernas que, se dejan seducir, por el vaivén de las mecedoras.
Pasan los vecinos que saludan y se detienen, brevemente, para contar una
noticia de mundo o algún cotilleo que sirve de entremés para la reunión de las
tardes.
Enfrente
de la acera, la rebelión de las escobas gastadas barren el polvo y, al mismo
tiempo, un chorro de agua fría que riega las banquetas de administraciones
pasadas, anuncian la media mañana de la región citrícola. El olor de los
almuerzos emana de todas las casas y colonias, ese olor excelso y delicioso que
no he encontrado en otra parte.
Pasan
los estudiantes de la Vidaurri, de la Juárez y de la Allende, ordenados,
sigilosos. Pasan todos los de las otras calles en la disposición de sus
tiempos, con una mochila que pesa en las espaldas y una cabeza atiborrada de
sueños. Las veredas que siguen la periferia de la ciudad, los matorrales
poblados que esconden muerte y basura, y ese naranjo arqueado que no se cansa
de echar frutos. Pasan los trabajadores con el espítitu despierto, con la
necesidad encima, con el sacrificio admirable.
Suenan
los campanadas de las parroquias y las músicas de los coches que rebotan en los
ventanales de los negocios que, abren siempre, a las nueve. Las plazas se
infestan de pluralidad cultural, de pragmatismo crudo, de soberbia efímera.
Siempre hay un bolero que espera un par de botas, siempre hay un mendigo que necesita
un pan. El cielo azul que vigila ese fragmento de tierra fértil es, sin duda,
el mejor del Estado. El agua límpida que se bebe y que se anuncia en las
mañanas, con melodías repetitivas, tiene el sabor que se extraña en los
paladares ausentes.
La
belleza de sus mujeres que caminan y se exhiben ante las miradas ajenas, la
inteligencia incólume y el trabajo que demuestra lo grande que son estos
pueblos, la educación de saludar sin conocer al receptor y la solidaridad que
compone el esqueleto de todo, son una parte del total de los factores que
confirman las facciones de los habitantes de esta mágica zona que sueño, desde
mi almohada, todos los días.
Sergio Telles
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