La
televisión mexicana, desde sus inicios, ha jugado un papel trascendental en las
confabulaciones del gobierno. Me atrevo a escribir que va más allá de ser el
cuarto poder de la nación. Desde censurar, con cobardía, la matanza de
Tlatelolco en el 68 y todas las fechorías del régimen priista, hasta ser fiel
formadora de primeras damas. El poder omnipotente del que goza el duopolio
televisivo, es más grande de lo que cada uno de nosotros imaginamos. El contubernio
que existe entre Los Pinos y la pantalla chica, es pieza fundamental de la
proliferación de la ignorancia mexicana.
Más
del 80% de nuestros compatriotas, pasan horas sentados frente a un televisor,
lo cual nos habla del inmenso dominio de este medio. Tiene la magia asombrosa
que puede convertir a los héroes en espurios de la historia y, a títeres
absurdos, en presidentes de la república. Concesiones y contratos millonarios a
cambio de una buena imagen, proselitismo perfecto, inmunidad abstractiva, entumecimiento
público y un encumbramiento social.
No
sólo se le engaña, de esta forma, a la sociedad, sino que, se le enferma de una
estupidez sublime. Telenovelas, Reality
shows y una vasta programación que ofende al intelecto. La televisión de la
zona norte del país, es una réplica del salvajismo y la hipocresía humanas. Una
serie de programas nefastos, sin escrúpulos, que han sido la escuela de la
decadecia de la sociedad del noreste. Contenido infestado de sexo explícito,
misoginia, racismo y bazofias. Creando hábitos inaceptables de estirpe
primitiva en los espectadores que les emulan.
¿Dónde
están los organismos que regulan el espectro? Todos son parte de la misma
porquería que tiene como objetivos esterilizar memorias en nombre de un
entretenimiento de mal gusto, y ocupar la mente de los ciudadanos mientras su
gobierno, en turno, de todos los niveles, les fornica su futuro.
Sergio Telles
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