16 de octubre de 2015

El soldado del cielo.

La autoridad diocesana le enclaustró en un pequeño pueblo, el menos devoto de la diócesis de Lyon. A base de humillaciones y esfuerzos consiguió el sacerdocio. Era un tipo completante distinto a sus contemporáneos. En Ars, atendía a niños y enfermos casa por casa, ayudando, fraternalmente, a los pueblos vecinos. Dormía poco y oraba mucho. Comía de pie, porque no le alcanzaba el tiempo. Caridad, penitencia, sacrificio y amor.

No sólo consiguió acercar a Dios al pequeño pueblo de Ars, sino que fue tan maravillosa su labor humanitaria que fue conocido en toda Francia y Europa, alcanzando el equilibrio ineluctable entre la pobreza y la riqueza, desde enfermos crónicos hasta intelectuales ilustres de esa época, que seguían su peregrinación hasta aquel pueblecillo sólo para conocerle. Sólo para conocer el explendido trabajo de Juan Bautista María Vianney, que fue apodado, por todos, como “El cura de Ars”.

Sólo el día que enfermó, aceptó un colchón en su camastro pétreo. El médico daba algunas esperanzas si disminuía un poco el calor de agosto, causando el hecho enternecedor en que todos los vecinos de Ars colocaron sábanas húmedas en el tejado de su habitación para salvarle. Murió sirviendo a su pueblo con la humildad de siempre que quedó registrada en la posteridad. Fue un guerrero que luchó contra la opulencia clerical y el materialismo de la fe.

Aunque no está dicho, creo que Victor Hugo se inspiró en él para crear al personaje del Monseigneur Bienvenu, de su obra Les miserables. Un ser que sacrificó su comodidad para repartirla entre todos los que sufrían. Un hombre que se despojó de toda frivolidad, evangelizando con sus acciones. Un hombre que no le vendría mal a nuestro tiempo.

La historia reciente de la Santa Iglesia, por triste que parezca, no goza de una buena salud. La pederastia imperdonable, el desgaste de su imagen que se cae por todos lados. La vergüenza de La inquisición, las confesiones de los campesinos rebeldes que iban a parar en los oídos de las hacendados que los masacraban en el siglo pasado. Los Cristeros que peleaban en tierra lo que no existe en el cielo, la arquidiócesis que no acaba por divorciarse del Estado. El banco del Vaticano y la bolsa de valores, la intelectualidad que fue perseguida, acallada y desaparecida.

Hombres hablando de humildad a las multitudes, mientras portan indumentarias bañadas en oro, bebiendo el mejor vino en copas de oro y comiendo en los sitios más exclusivos del mundo, enfrente del hambre. Hombres que conviven con la clase alta de los pueblos, evitando a toda costa el equilibrio que enseñó El cura de Ars. Más cerca de lo terrenal que lo divino.

Hace tiempo, creí que la cúspide religiosa se venía abajo con la misteriosa renuncia del pontificado de Benedicto XVI, quien dejó entredicho el cáncer que se vive en el núcleo de la Iglesia. El papa Francisco y una nueva generación de sacerdotes que van más allá de la teología aguda, ahora comienzan a desprenderse un poco del dogmatismo que limita la racionalidad, saliendo a devolver la esperanza a los millones de fieles y frenando el desmoronamiento continuo del catolicismo. Asumiendo errores y buscando alternativas reales, porque Dios no censura a nadie. El señor es contigo.

Sergio Telles

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