La
autoridad diocesana le enclaustró en un pequeño pueblo, el menos devoto de la
diócesis de Lyon. A base de humillaciones y esfuerzos consiguió el sacerdocio.
Era un tipo completante distinto a sus contemporáneos. En Ars, atendía a niños
y enfermos casa por casa, ayudando, fraternalmente, a los pueblos vecinos.
Dormía poco y oraba mucho. Comía de pie, porque no le alcanzaba el tiempo. Caridad,
penitencia, sacrificio y amor.
No
sólo consiguió acercar a Dios al pequeño pueblo de Ars, sino que fue tan
maravillosa su labor humanitaria que fue conocido en toda Francia y Europa, alcanzando
el equilibrio ineluctable entre la pobreza y la riqueza, desde enfermos
crónicos hasta intelectuales ilustres de esa época, que seguían su peregrinación
hasta aquel pueblecillo sólo para conocerle. Sólo para conocer el explendido
trabajo de Juan Bautista María Vianney, que fue apodado, por todos, como “El
cura de Ars”.
Sólo
el día que enfermó, aceptó un colchón en su camastro pétreo. El médico daba
algunas esperanzas si disminuía un poco el calor de agosto, causando el hecho enternecedor
en que todos los vecinos de Ars colocaron sábanas húmedas en el tejado de su
habitación para salvarle. Murió sirviendo a su pueblo con la humildad de
siempre que quedó registrada en la posteridad. Fue un guerrero que luchó contra
la opulencia clerical y el materialismo de la fe.
Aunque
no está dicho, creo que Victor Hugo se inspiró en él para crear al personaje
del Monseigneur Bienvenu, de su obra Les miserables. Un ser que sacrificó su
comodidad para repartirla entre todos los que sufrían. Un hombre que se despojó
de toda frivolidad, evangelizando con sus acciones. Un hombre que no le vendría
mal a nuestro tiempo.
La
historia reciente de la Santa Iglesia, por triste que parezca, no goza de una
buena salud. La pederastia imperdonable, el desgaste de su imagen que se cae
por todos lados. La vergüenza de La inquisición, las confesiones de los
campesinos rebeldes que iban a parar en los oídos de las hacendados que los
masacraban en el siglo pasado. Los Cristeros que peleaban en tierra lo que no
existe en el cielo, la arquidiócesis que no acaba por divorciarse del Estado.
El banco del Vaticano y la bolsa de valores, la intelectualidad que fue
perseguida, acallada y desaparecida.
Hombres
hablando de humildad a las multitudes, mientras portan indumentarias bañadas en
oro, bebiendo el mejor vino en copas de oro y comiendo en los sitios más
exclusivos del mundo, enfrente del hambre. Hombres que conviven con la clase
alta de los pueblos, evitando a toda costa el equilibrio que enseñó El cura de
Ars. Más cerca de lo terrenal que lo divino.
Hace
tiempo, creí que la cúspide religiosa se venía abajo con la misteriosa renuncia
del pontificado de Benedicto XVI, quien dejó entredicho el cáncer que se vive
en el núcleo de la Iglesia. El papa Francisco y una nueva generación de
sacerdotes que van más allá de la teología aguda, ahora comienzan a
desprenderse un poco del dogmatismo que limita la racionalidad, saliendo a
devolver la esperanza a los millones de fieles y frenando el desmoronamiento
continuo del catolicismo. Asumiendo errores y buscando alternativas reales, porque
Dios no censura a nadie. El señor es contigo.
Sergio Telles
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