23 de diciembre de 2014

El instante preciso en el que necesito que me abraces

La prudencia es enemiga de la existencia desinteresada.
Los murmullos secos de sonrisas indispuestas hacen acto de presencia sobre las espinillas de mis espaldas. Tengo frío.

 No mires directo a los ojos porque se forrarán de lágrimas.
Sólo Dios y el estante vacío saben lo que he pasado,
de las puertas que se han cerrado y las solicitudes en el cielo.
Tengo frio y miedo.

 Lo que siento no es inefable pero no cabe en la absurda extremidad de las palabras,
ni en la suerte, ni en azar. Tengo frio, miedo y estoy inseguro de mi propia seguridad.

 Sólo quédate cuando te marches en un recuerdo vago y equidistante,
en una oración muda, en una promesa sin cumplir, en un silencio ominoso, en un coito interrumpido y en la fragancia soberbia del carmín.

 No me cuentes todo lo que hiciste ni todo lo que no encontraste,
piérdete conmigo como se pierde un lector ambiguo en Borges.
Entonces entenderás que es justo ahora el momento apropiado y
el instante preciso en el que necesito que me abraces.


 Pero me das la espalda, jalas el gatillo, el reloj calla y te vas.

5 de diciembre de 2014

Proeza de un día soleado.

Suena la alarma, me visto enseguida e inicio la marcha; el sol ya golpea mi frente de manera intermitente y exhaustiva. El ruido estúpido de los claxon aturde a distancia y se pierde en los edificios antiguos de la calzada. Alzo mi mirada desnuda tratando de soslayar, en absoluto, los rayos febriles que enrojecen mis pupilas cansadas, dilatadas, nocherniegas. Debí dormir poco anoche; debí pensar mucho en ti.

 Entre la muchedumbre, hay seres con una dieta austera de abrazos, eufemismos disfrazados de cordialidad, rimas de odios y, sobre el asfalto, la lividez de unos cuantos resignados a no existir. Menuda etología del desatino.

 Tantas manos, tantos teléfonos y tantas llamadas intrascendentes; tantos cerebros copiosos, tanta hambre, tanta sed y tanta abundancia; tanto que pensar, tanto que decir y mucho que callar… Continuo la marcha, pensando.

 El viejo mezquite no habla, pero lo dice todo; su tallo sutilmente laminado me hace pensar en el dolor de una planta, de ese dolor que Platón y Lope de Vega se rehusaron a escribir.

 Lanzo con una mueca mi evidente disgusto hacia una jauría de peatones que, sonríen, ante el dolor impúdico de un minusválido, en el costado izquierdo del puente que divorcia a la avenida periférica del camino más cercano hacia la Catedral.

 Entiendo que me espera, impaciente, un día completo para discurrir de lo antes dicho, para morirme en las letras. Esos pequeños fragmentos fúnebres de tiempo que complementan a un todo en la embriaguez de tu ausencia.


 Sergio Telles.