30 de octubre de 2015

Facciones

El Sol es la alarma infalible que despierta todo. Salen los viejos a sus corredores y jardines con una taza de café en mano y un periódico que repliegan sobre ambas piernas que, se dejan seducir, por el vaivén de las mecedoras. Pasan los vecinos que saludan y se detienen, brevemente, para contar una noticia de mundo o algún cotilleo que sirve de entremés para la reunión de las tardes.

Enfrente de la acera, la rebelión de las escobas gastadas barren el polvo y, al mismo tiempo, un chorro de agua fría que riega las banquetas de administraciones pasadas, anuncian la media mañana de la región citrícola. El olor de los almuerzos emana de todas las casas y colonias, ese olor excelso y delicioso que no he encontrado en otra parte.

Pasan los estudiantes de la Vidaurri, de la Juárez y de la Allende, ordenados, sigilosos. Pasan todos los de las otras calles en la disposición de sus tiempos, con una mochila que pesa en las espaldas y una cabeza atiborrada de sueños. Las veredas que siguen la periferia de la ciudad, los matorrales poblados que esconden muerte y basura, y ese naranjo arqueado que no se cansa de echar frutos. Pasan los trabajadores con el espítitu despierto, con la necesidad encima, con el sacrificio admirable.

Suenan los campanadas de las parroquias y las músicas de los coches que rebotan en los ventanales de los negocios que, abren siempre, a las nueve. Las plazas se infestan de pluralidad cultural, de pragmatismo crudo, de soberbia efímera. Siempre hay un bolero que espera un par de botas, siempre hay un mendigo que necesita un pan. El cielo azul que vigila ese fragmento de tierra fértil es, sin duda, el mejor del Estado. El agua límpida que se bebe y que se anuncia en las mañanas, con melodías repetitivas, tiene el sabor que se extraña en los paladares ausentes.

La belleza de sus mujeres que caminan y se exhiben ante las miradas ajenas, la inteligencia incólume y el trabajo que demuestra lo grande que son estos pueblos, la educación de saludar sin conocer al receptor y la solidaridad que compone el esqueleto de todo, son una parte del total de los factores que confirman las facciones de los habitantes de esta mágica zona que sueño, desde mi almohada, todos los días.

Sergio Telles

23 de octubre de 2015

La burla de la inmundicia.

La televisión mexicana, desde sus inicios, ha jugado un papel trascendental en las confabulaciones del gobierno. Me atrevo a escribir que va más allá de ser el cuarto poder de la nación. Desde censurar, con cobardía, la matanza de Tlatelolco en el 68 y todas las fechorías del régimen priista, hasta ser fiel formadora de primeras damas. El poder omnipotente del que goza el duopolio televisivo, es más grande de lo que cada uno de nosotros imaginamos. El contubernio que existe entre Los Pinos y la pantalla chica, es pieza fundamental de la proliferación de la ignorancia mexicana.

Más del 80% de nuestros compatriotas, pasan horas sentados frente a un televisor, lo cual nos habla del inmenso dominio de este medio. Tiene la magia asombrosa que puede convertir a los héroes en espurios de la historia y, a títeres absurdos, en presidentes de la república. Concesiones y contratos millonarios a cambio de una buena imagen, proselitismo perfecto, inmunidad abstractiva, entumecimiento público y un encumbramiento social.

No sólo se le engaña, de esta forma, a la sociedad, sino que, se le enferma de una estupidez sublime. Telenovelas, Reality shows y una vasta programación que ofende al intelecto. La televisión de la zona norte del país, es una réplica del salvajismo y la hipocresía humanas. Una serie de programas nefastos, sin escrúpulos, que han sido la escuela de la decadecia de la sociedad del noreste. Contenido infestado de sexo explícito, misoginia, racismo y bazofias. Creando hábitos inaceptables de estirpe primitiva en los espectadores que les emulan.

¿Dónde están los organismos que regulan el espectro? Todos son parte de la misma porquería que tiene como objetivos esterilizar memorias en nombre de un entretenimiento de mal gusto, y ocupar la mente de los ciudadanos mientras su gobierno, en turno, de todos los niveles, les fornica su futuro.

Es intolerable que la tierra regiomontana del gran Alfonso Reyes esté gobernada por un grupo de televisoras que promueven la ignorancia mórbida y la bajeza del espíritu. Es realmente deprimente que, día a día, más personas se sumen a esta corriente de apoplejía cultural, a esta burla de la inmundicia.
Sergio Telles

16 de octubre de 2015

El soldado del cielo.

La autoridad diocesana le enclaustró en un pequeño pueblo, el menos devoto de la diócesis de Lyon. A base de humillaciones y esfuerzos consiguió el sacerdocio. Era un tipo completante distinto a sus contemporáneos. En Ars, atendía a niños y enfermos casa por casa, ayudando, fraternalmente, a los pueblos vecinos. Dormía poco y oraba mucho. Comía de pie, porque no le alcanzaba el tiempo. Caridad, penitencia, sacrificio y amor.

No sólo consiguió acercar a Dios al pequeño pueblo de Ars, sino que fue tan maravillosa su labor humanitaria que fue conocido en toda Francia y Europa, alcanzando el equilibrio ineluctable entre la pobreza y la riqueza, desde enfermos crónicos hasta intelectuales ilustres de esa época, que seguían su peregrinación hasta aquel pueblecillo sólo para conocerle. Sólo para conocer el explendido trabajo de Juan Bautista María Vianney, que fue apodado, por todos, como “El cura de Ars”.

Sólo el día que enfermó, aceptó un colchón en su camastro pétreo. El médico daba algunas esperanzas si disminuía un poco el calor de agosto, causando el hecho enternecedor en que todos los vecinos de Ars colocaron sábanas húmedas en el tejado de su habitación para salvarle. Murió sirviendo a su pueblo con la humildad de siempre que quedó registrada en la posteridad. Fue un guerrero que luchó contra la opulencia clerical y el materialismo de la fe.

Aunque no está dicho, creo que Victor Hugo se inspiró en él para crear al personaje del Monseigneur Bienvenu, de su obra Les miserables. Un ser que sacrificó su comodidad para repartirla entre todos los que sufrían. Un hombre que se despojó de toda frivolidad, evangelizando con sus acciones. Un hombre que no le vendría mal a nuestro tiempo.

La historia reciente de la Santa Iglesia, por triste que parezca, no goza de una buena salud. La pederastia imperdonable, el desgaste de su imagen que se cae por todos lados. La vergüenza de La inquisición, las confesiones de los campesinos rebeldes que iban a parar en los oídos de las hacendados que los masacraban en el siglo pasado. Los Cristeros que peleaban en tierra lo que no existe en el cielo, la arquidiócesis que no acaba por divorciarse del Estado. El banco del Vaticano y la bolsa de valores, la intelectualidad que fue perseguida, acallada y desaparecida.

Hombres hablando de humildad a las multitudes, mientras portan indumentarias bañadas en oro, bebiendo el mejor vino en copas de oro y comiendo en los sitios más exclusivos del mundo, enfrente del hambre. Hombres que conviven con la clase alta de los pueblos, evitando a toda costa el equilibrio que enseñó El cura de Ars. Más cerca de lo terrenal que lo divino.

Hace tiempo, creí que la cúspide religiosa se venía abajo con la misteriosa renuncia del pontificado de Benedicto XVI, quien dejó entredicho el cáncer que se vive en el núcleo de la Iglesia. El papa Francisco y una nueva generación de sacerdotes que van más allá de la teología aguda, ahora comienzan a desprenderse un poco del dogmatismo que limita la racionalidad, saliendo a devolver la esperanza a los millones de fieles y frenando el desmoronamiento continuo del catolicismo. Asumiendo errores y buscando alternativas reales, porque Dios no censura a nadie. El señor es contigo.

Sergio Telles

9 de octubre de 2015

El circo de los cobardes.

Debemos comenzar a pensar sin fanatismos frustrados ni ideologías segregadoras. El espectáculo del circo de los cobardes, llamado: “política mexicana”, ya no divierte a nadie. Un circo contemporáneo y ambientalista, donde los únicos animales andan de pantalón largo y chequera abierta.

Estoy en total favor de exhibir a los traidores que han aprobado el nuevo paquete de impuestos, la reforma energética y la reforma electoral, ¿para qué? Para que no les olviden. Para que les recuerden siempre y retengan sus nombres y apellidos en sus cabezas. No para pulular el odio, sino para esterilizar la estupidez de nuestro pueblo, creando una sana conciencia política. Una memoria recurrente.

Hemos visto desfilar a una pseudo izquierda consentidora. Burda y falsa a los principios que defendía por décadas. Vulgar y prostituta, vendiendo acuerdos por sumas monetarias. Hace tiempo, se anticipaba que el Pacto por México era la compra-venta de la oposición, pacto que ha quedado cerrado el lunes con la aprobación total de las reformas. Las reformas de la infamia. Ahora, sabemos que la basura siempre es basura aunque cambie de color.

La forma de hacer política en este país es vergonzosa y producto de un mal chiste: llevar migajas y recibir aplausos sonoros, fotografiarse con sonrisas hipócritas y montar discursos mesiánicos a multitudes ignorantes y convenencieras. Horas y horas de escupir una retórica estudiada de promesas en blanco y futuros inciertos, cortoplacistas. De niños con caras chorreadas, mujeres descalzas y hombres sin tiempo.

La manipulación de la información y la administración de la ignorancia, son los trucos utilizados por las dictaduras más siniestras, incluida la nuestra, hecha partido. Me cuesta trabajo entender la indiferencia mexicana, a los fieles del autoengaño que viven en una realidad alterna. Me cuesta mucho entender el masoquismo colectivo que se eterniza de generación en generación y la cobardía de los agentes de cambio, que se dejan seducir por el poder.

Me cuestan, en el alma, la grandeza y la riqueza que se desperdigan de nuestra nación. Crecí odiando las manos extranjeras que nos saquearon, hasta que entendí que la verdadera maldad venía de adentro, de nuestra propia estirpe, de la ambición holgada y el primitivismo afano.

Veo a la clase trabajadora partirse en pedazos bajo el sol para sacar el día y, creo, con una tristeza caliente, que vivo en tantos pueblos distintos y contradictorios. La patología del mal mexicano radica en su intimismo y su propia devoción.

Aún, con todo este cataclismo que asfixia, veo cada día más espíritus despiertos, los mismos que no asesinan del todo las esperanzas de los que aún creemos en la reconstrucción de la sociedad. Una reconstrucción verdadera que luche por todos. Hoy, los desafíos y oclusiones serán más grandes. El nuevo mexicano tendrá que luchar contra el cacicazgo estúpido que nos dejará la nueva reforma electoral, los impuestos excesivos y comprar, ahora, a manos extranjeras, lo que constitucionalmente siempre fue nuestro. Tendrá que enfrentarse a la pobreza y desigualdad de siempre, con más piedras pesadas sobre la espalda. No habrá palomitas ni aplausos, y aunque la función fue espantosa, tenemos que pagarles el ticket y la foto.
  

Sergio Telles

2 de octubre de 2015

Little México

Los sueños y las necesidades, en algunas ocasiones, necesitan cruzar fronteras. La escasa generación de empleos invita a migrar a los trabajadores mexicanos a los Estados Unidos de América en busca de oportunidades prolíficas, crecimiento personal y sustento económico.

Los que se fueron conservan la imagen suspendida del día y la hora en que partieron. Con los ojos llenos, guardaron el paisaje para no olvidar. Siguieron el camino valorado en verde, conviviendo a diario con una cultura distinta, arrebatadora, familiarizándose con las llamadas de larga distancia de lágrimas en los ojos, las remesas que no alcanzan, la xenofobia que ofende y la nostalgia ubicua.

El sueño americano se resume en un sacrificio impensable, en una visa para una vida digna, en una remuneración más justa, en un permiso astuto, en el reloj que sigue las horas y en la añoranza que muerde en el alma. Hay hijos, padres, hermanos, tíos, primos, abuelos y amigos del otro lado. Hay historias inconclusas esperando su regreso. Hay trabajo, fuerza comprometida, cansancio y estulticia.

Algunos regresan, eventualmente, con la misma humildad con la que se fueron. Algunos otros, hablando en inglés, empapados del vecino del norte, cambiando el mercado por el Mall, esperando, con ansias, el Thanksgiving y el Income tax. Algunos, desde que se fueron, sólo piensan en volver. Algunos otros, no regresan nunca y les sorprende la muerte en el trayecto.

En el sur del norte se crean pequeñas comarcas que intentan copiar el lugar que dejaron. Rodeados de ellos mismos, de comunicación extensa, de la insurrección contra el extranjerismo que intenta americanizarlos. Ahí se ven las novelas en los televisores, se comen tacos con salsa, se cotillea y se reza en español. Se habla todos los días de todo lo que pasa en sus casas que están lejos, al otro lado del río.

Hay una esperanza que nutre a los que se quedaron, y es que algún día les verán de nuevo entrando por la puerta grande. Y no habrá más viajes de regreso con “La pinky” y “El Mexicano”, y todos se quedarán en casa a ver crecer a los hijos y a los nietos. No habrá despedidas en lunes ni maletas de ropa que cansen. Esta utopía siempre ayuda a vivir las ausencias.

Sergio Telles