Debemos
comenzar a pensar sin fanatismos frustrados ni ideologías segregadoras. El
espectáculo del circo de los cobardes, llamado: “política mexicana”, ya no
divierte a nadie. Un circo contemporáneo y ambientalista, donde los únicos
animales andan de pantalón largo y chequera abierta.
Estoy
en total favor de exhibir a los traidores que han aprobado el nuevo paquete de
impuestos, la reforma energética y la reforma electoral, ¿para qué? Para que no
les olviden. Para que les recuerden siempre y retengan sus nombres y apellidos
en sus cabezas. No para pulular el odio, sino para esterilizar la estupidez de
nuestro pueblo, creando una sana conciencia política. Una memoria recurrente.
Hemos
visto desfilar a una pseudo izquierda consentidora. Burda y falsa a los
principios que defendía por décadas. Vulgar y prostituta, vendiendo acuerdos
por sumas monetarias. Hace tiempo, se anticipaba que el Pacto por México era la
compra-venta de la oposición, pacto que ha quedado cerrado el lunes con la
aprobación total de las reformas. Las reformas de la infamia. Ahora, sabemos
que la basura siempre es basura aunque cambie de color.
La
forma de hacer política en este país es vergonzosa y producto de un mal chiste:
llevar migajas y recibir aplausos sonoros, fotografiarse con sonrisas
hipócritas y montar discursos mesiánicos a multitudes ignorantes y
convenencieras. Horas y horas de escupir una retórica estudiada de promesas en
blanco y futuros inciertos, cortoplacistas. De niños con caras chorreadas,
mujeres descalzas y hombres sin tiempo.
La manipulación de la información y la
administración de la ignorancia, son los trucos utilizados por las dictaduras
más siniestras, incluida la nuestra, hecha partido. Me cuesta trabajo entender
la indiferencia mexicana, a los fieles del autoengaño que viven en una realidad
alterna. Me cuesta mucho entender el masoquismo colectivo que se eterniza de
generación en generación y la cobardía de los agentes de cambio, que se dejan seducir
por el poder.
Me cuestan, en el alma, la grandeza y la
riqueza que se desperdigan de nuestra nación. Crecí odiando las manos
extranjeras que nos saquearon, hasta que entendí que la verdadera maldad venía
de adentro, de nuestra propia estirpe, de la ambición holgada y el primitivismo
afano.
Veo a la clase trabajadora partirse en
pedazos bajo el sol para sacar el día y, creo, con una tristeza caliente, que
vivo en tantos pueblos distintos y contradictorios. La patología del mal
mexicano radica en su intimismo y su propia devoción.
Aún, con todo este cataclismo que asfixia, veo
cada día más espíritus despiertos, los mismos que no asesinan del todo las
esperanzas de los que aún creemos en la reconstrucción de la sociedad. Una
reconstrucción verdadera que luche por todos. Hoy, los desafíos y oclusiones
serán más grandes. El nuevo mexicano tendrá que luchar contra el cacicazgo
estúpido que nos dejará la nueva reforma electoral, los impuestos excesivos y
comprar, ahora, a manos extranjeras, lo que constitucionalmente siempre fue
nuestro. Tendrá que enfrentarse a la pobreza y desigualdad de siempre, con más
piedras pesadas sobre la espalda. No habrá palomitas ni aplausos, y aunque la
función fue espantosa, tenemos que pagarles el ticket y la foto.
Sergio Telles
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