9 de octubre de 2015

El circo de los cobardes.

Debemos comenzar a pensar sin fanatismos frustrados ni ideologías segregadoras. El espectáculo del circo de los cobardes, llamado: “política mexicana”, ya no divierte a nadie. Un circo contemporáneo y ambientalista, donde los únicos animales andan de pantalón largo y chequera abierta.

Estoy en total favor de exhibir a los traidores que han aprobado el nuevo paquete de impuestos, la reforma energética y la reforma electoral, ¿para qué? Para que no les olviden. Para que les recuerden siempre y retengan sus nombres y apellidos en sus cabezas. No para pulular el odio, sino para esterilizar la estupidez de nuestro pueblo, creando una sana conciencia política. Una memoria recurrente.

Hemos visto desfilar a una pseudo izquierda consentidora. Burda y falsa a los principios que defendía por décadas. Vulgar y prostituta, vendiendo acuerdos por sumas monetarias. Hace tiempo, se anticipaba que el Pacto por México era la compra-venta de la oposición, pacto que ha quedado cerrado el lunes con la aprobación total de las reformas. Las reformas de la infamia. Ahora, sabemos que la basura siempre es basura aunque cambie de color.

La forma de hacer política en este país es vergonzosa y producto de un mal chiste: llevar migajas y recibir aplausos sonoros, fotografiarse con sonrisas hipócritas y montar discursos mesiánicos a multitudes ignorantes y convenencieras. Horas y horas de escupir una retórica estudiada de promesas en blanco y futuros inciertos, cortoplacistas. De niños con caras chorreadas, mujeres descalzas y hombres sin tiempo.

La manipulación de la información y la administración de la ignorancia, son los trucos utilizados por las dictaduras más siniestras, incluida la nuestra, hecha partido. Me cuesta trabajo entender la indiferencia mexicana, a los fieles del autoengaño que viven en una realidad alterna. Me cuesta mucho entender el masoquismo colectivo que se eterniza de generación en generación y la cobardía de los agentes de cambio, que se dejan seducir por el poder.

Me cuestan, en el alma, la grandeza y la riqueza que se desperdigan de nuestra nación. Crecí odiando las manos extranjeras que nos saquearon, hasta que entendí que la verdadera maldad venía de adentro, de nuestra propia estirpe, de la ambición holgada y el primitivismo afano.

Veo a la clase trabajadora partirse en pedazos bajo el sol para sacar el día y, creo, con una tristeza caliente, que vivo en tantos pueblos distintos y contradictorios. La patología del mal mexicano radica en su intimismo y su propia devoción.

Aún, con todo este cataclismo que asfixia, veo cada día más espíritus despiertos, los mismos que no asesinan del todo las esperanzas de los que aún creemos en la reconstrucción de la sociedad. Una reconstrucción verdadera que luche por todos. Hoy, los desafíos y oclusiones serán más grandes. El nuevo mexicano tendrá que luchar contra el cacicazgo estúpido que nos dejará la nueva reforma electoral, los impuestos excesivos y comprar, ahora, a manos extranjeras, lo que constitucionalmente siempre fue nuestro. Tendrá que enfrentarse a la pobreza y desigualdad de siempre, con más piedras pesadas sobre la espalda. No habrá palomitas ni aplausos, y aunque la función fue espantosa, tenemos que pagarles el ticket y la foto.
  

Sergio Telles

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