De lunes a viernes, en la central de autobuses de Allende, a las 5:30 am, se reúnen los zorzales universitarios de ojos cansados y sueños sin almohada. Unos pocos que forman parte del nimio 17% de la juventud que cursa la educación superior en México.
Una lucha que comienza en la búsqueda exhaustiva de un mejor futuro, a conciencia y con coraje. Un coraje que sabe a azahar, miel y huevo. Una lucha de prohombres que terminará, cinco años después, con la consagración de sus estudios y el destierro de la mayoría de ellos en algún puesto de alguna empresa, en otra ciudad. “Alere flammam veritatis.” Quid ultra faciam?
El autobús conoce, a detalle, la historia de los más de treinta. El autobús no perdona la impuntualidad ni las espaldas cansadas. El autobús agrisado se lleva con sus seis ruedas de caucho: el orgullo, la angustia y el miedo. La intermitencia de las luces del pasillo les recuerda su trayecto y sus ausencias. La luna, les mira desde lo alto como madre preocupada.
Cuando el chofer apaga las luces, por completo, las voces callan pero hablan los silencios. Hablan los exámenes confusos, las asignaturas jocudas, los catedráticos odiados, la teoría y las ciencias exáctas. Hablan todos a la vez, en una atmósfera impúdica de silencio.
Las historias que se cuentan, dentro, amortizan los olores nefastos de algunos días, y tejen los recuerdos para años. Pesan las billeteras llenas de sacrificios y las mochilas cargadas de tiempo. Suenan los celulares y las alarmas. Huelen los climas drásticos regiomontanos, la piel de tejón, los pasos ajados y el camino sin viento. Del otro lado del cristal de la ventanilla empañada de vaho, está la ciudad dormida en la vejez de la madrugada.
Noventa minutos después de transitar la carretera que apesta a corrupción de Caminos y Puentes, cada uno, hombres y mujeres, toman su camino por las ramificaciones del campus universitario, para continuar sumando los pilares de sus sueños. Sueños colectivos porque dentro del sueño mismo, están los sueños de sus padres y abuelos. Sueños que no duermen porque la única forma de concretarlos es estando despiertos.
¿Quién les mira? ¿Quién mira sus esfuerzos? Dios desde lo alto y sus familias que oran su regreso, les besan las mejillas y les despiden todo el tiempo, porque al igual que “Los amorosos” de Sabines, los guerreros insomnes, siempre se están yendo.
Sergio Telles
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Comenta...