5 de febrero de 2016

El silencio de las cosas

La lluvia que se fue, hace semanas, condenó a las calles cacarizas para siempre. El momento que agrupaba a los instantes subyugantes, pasó entre las comisuras de la boca sin la menor provocación. Los palaciegos del régimen han salido a defender lo indefendible, lo que causa la nausea, lo que trata del interés del Grupo.

Las bardas fueron pintadas con mensajes que se recuerdan cuando no se cumplen. Sitios deslavados que guardan memorias umbrías del pasado remoto. Los discursos municipales han caído en circunloquios antípodos que dejan tieso hasta al menos elocuente. Ya nadie habla de la risa que esconde el desacierto. Manos largas que guardan, como suyo, lo que no les pertenece.

La ciudad irisada se ha vuelto tranquila, nublada, silente. La han tranquilizado los que trajeron la muerte y la deuda. Negociaciones estrechas, afiches de un nuevo comienzo político desbalagados en la periferia, y la ambición que resuella en los cuerpos apestados.

Se pierden jovenes todos los días, en las fosas aisladas y en los montajes del “rejuvenecimiento” de la dictadura mexicana. Despiertos correosos, semidormidos por una falsa estupidez que supongo. La ilusión de estar, en pocos años, al frente del poder, ese que escuchan, asiduos, en sus conferencias fatalistas.

La necesidad no descansa, es evidente y estimulante para los que luchan. El hambre tiene manos y pies. La injusticia tiene el alma cansada. Las marchas son la urticaria del Estado, evidencia de la abundancia de los tres primeros síntomas descritos. ¿Qué va a decirnos ahora, señor presidente? ¿Qué va a decirle al pueblo que el gobierno no escucha?

El silencio de las cosas viene después del grito desaforado de la ruina. Viene detrás de los que caminaron con los miembros ausentes, con el llanto guardado desde ese día. El silencio no es la ausencia de palabras, sino el exceso de melancolía.

Sergio Telles

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