Dueños de las constructoras que erigen de ano a cráneo el Estado, ejidatarios de la mala educación que se imparte en las aulas públicas y brazo derecho de los tres poderes de gobierno. Ausentes de ellos mismos, pesados como las toneladas del concreto de las facturas que no se compran. Ambiciones mórbidas, esperpentos de trajes suntuosos, conciencias ruñidas y aliento de enfermo.
Se ha creado, entre la muchedumbre, toda una mitología empapada de hipérboles. Bolsillos repletos del erario que no alcanza para la cultura, abanderados de una democracia fingida y financiadores de alcaldes próximos. Dedos rígidos que apuntan a las elecciones de cada trienio. Cortesanos estultos de una riqueza podrida, del poder asexuado que estorba siempre con la lógica.
Conviven con los reflectores que sesgan la vida privada. Duermen lo que la inseguridad les permite, cuidándose de ellos mismos, como la manada de una especie desconocida que besa de frente y apuñala por la espalda. Juego de interéses, primos de primos, discursos consabidos y una humildad translúcida que ofende al despierto. Algarabías de conciudadanos.
Constuyen todo su futuro en sólo tres años de presente. Sonríen a las cámaras, lloran a escondidas y cuidan sus palabras. Saben olvidar como saben mentir. Saben sufrir porque aprendieron a callar. El disimulo les alcanza hasta en las horas de sueño.
El silencio acompaña la crítica, la lambisconería les abraza entre circunloquios que tarde o temprano les aburren dentro, entre zalamerías de gente que busca lo mismo, entre la torrentera sentimental de los humanos que algún día fueron y que, en ocasiones de intimismo, extrañan volver a ser. La soledad les enseña sobre la equidad que no aprendieron, sobre el lugar idílico al que nunca quisieron volver.
Sergio Telles
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