23 de enero de 2016

Filosofía de la vaciedad

Las ausencias remotas les obligan, todos los días, a cruzar la peligrosa carretera para saciar lo absurdo. Una búsqueda efusiva de un falso entretenimiento que sirve de testaferro para la ludopatía. Adentro, las atmósferas de nicotina, les esperan para impregnarse en sus ropas ajadas. En el interior, el dinero vale menos con una breve aporía. Sorteos burdos que acaban con aplausos de manos sudadas.

Esa soledad que respiran, es la misma que les endilga hacia las casas de apuestas con los bolsillos llenos y la mirada furtiva, victimizada. Ignorando, siempre, el sentido del espacio-tiempo. La embriaguez del vicio les envuelve los juicios con telarañas de ansiedad, una ansiedad vindicativa que consiste en recuperar todo lo que se ha perdido en la próxima apuesta. Un comodín que no perdona y unos juegos gratis que subsidian una mayor pérdida.

Pasan las charolas plásticas tapizadas de refresco, las tarjetas sin puntos y las caras nerviosas. Suenan las melodías de las máquinas acompañadas de un regocijo efímero. Ofrecen los bocadillos fríos para retener las piernas tumefactas e inactivas que se suspenden desde las sillas acolchonadas e impregnadas de infortunio. ¿Adónde va el dinero? ¿Cuánto perdió el vecino?

Hay desfacimientos millonarios, amortizados en viajes lentos. Los grandes casinos apuestan por los pueblos pequeños, ambiciosos y hartos de la monotonía pública. Permisos concedidos por las autoridades municipales que a cambio de fuertes sumas monetarias legalizan lo prohibido.

La insatisfacción económica y la esperanza errónea de revertir la suerte, invaden a quienes pasan sus horas en estos recintos amañados donde los altoparlantes les invitan a seguir consumiendo. Personas vacías, cansadas, taciturnas. No se puede hablar de las costumbres de nuestros pueblos con la misma certeza con la que se hablaba en años pasados, antes de que estos sitios ingresaran a nuestras comunidades. Se han modificado las cándidas tradiciones, esas que nos distinguían tanto de la frivolidad de la capital del Estado. Se ha perdido, en un gran porcentaje, la estabilidad económica que respaldaba a los grandes apellidos. Los hábitos lúdicos que se han asumido a partir de esos años, han tergiversado nuestra cultura popular. Un mal que, como muchos otros, no respeta edad, género ni   situación económica. Todos callan lo que les convence y nadie gana donde se pierde lo más valioso de la vida: el tiempo.

Sergio Telles

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