Por
lo general, no entendemos las tristes ausencias que dejan en tierra los hombres
de ruedas y diésel. Los que han aprendido a vivir al volante gran parte de sus
vidas, los que han lidiado, a diario, con las mudanzas perpetuas. Han aprendido
a despedirse tanto que, en ocasiones, olvidan lo que significa quedarse.
Las
familias han llegado a acuerdos silentes para no hacer más cruda la espera. Hay
besos cansados, abrazos contenidos y charlas a medias. Los calendarios se
parten día con día y las horas pesan en las espaldas de todos. Se sufre igual
adentro y afuera, con esos sufrimientos omnipresentes que traen implícitos los
recuerdos. Los tejones solidarios que cuidan a sus hermanos de oficio en un
camino de distancias y curvas sin miedo.
Los
riesgos de las carreteras que nunca terminan, la incertidumbre del mal tiempo
que les azota a deshoras, los sobornos injustos con los federales y la
delincuencia organizada para seguir manejando un poco más tranquilos con una
carga que no es suya, pero que les permite llevarlo todo a casa. Hay sueño en
los ojos, caminos sin vuelta y mujeres sin cama.
Son
un gran porcentaje de la clase trabajadora de nuestro pueblo. Son los chóferes
del transporte pesado que movilizan los enormes capitales de los únicos dueños,
que son pocos, pero que son necesarios mientras no se hable, todavía, de la
generación de empleos. Una ocupación riesgosa de la que aún no se ha dignificado
su salario. Un oficio poco mencionado en las prioridades de las bocas que no hablan, pero que comen de
ellos.
La
soledad de las carreteras está llena de momentos introspectivos, de llanto
acedo y velocidades intermitentes. Les tiemblan las piernas con la sola idea de
la fatídica probabilidad de poder morir lejos, de apagarse en la lejanía.
De
regreso, hay esposas, padres e hijos que han esperando lo suficiente con
veladoras encendidas, con la resignación temprana de que sólo durará poco
tiempo, hasta el siguiente viaje que ordenará el patrón, hasta el siguiente
beso.
Sergio Telles
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