Todas las noches, antes
de cerrar los ojos y después de terminar mis lecturas, pienso en un pueblo
despierto. Un sitio noble donde gobiernen la lucidez, la igualdad y la
congruencia vitalicia. Un lugar donde no quede espacio para las mentiras, donde
todos los ciudadanos ofrezcan y exijan respuestas. Es tiempo de que las bocas
calladas, hablen. Tiempo de que se muevan todas las piezas.
Una
utopía emancipada de la hipocresía y frivolidad de los que dicen perseguir un
bien común para todos, lejos de la falsedad e incongruencia del catolicismo que
es hermano del capitalismo, y Cristo, con la multiplicación de los panes, el
mejor ejemplo del primer comunista.
Las
sandeces de los sistemas económicos han llevado a las multitudes a una crisis intelectual,
a un conformismo patrocinado por la resignación. Es tiempo de que trabajen los
que nunca han trabajado. Es tiempo de exigir una generación y dignificación de
empleos, y no puentes desniveles primermundistas que sirven de montaje para el clímax
de la tragicomedia mexicana. Gente y política con conciencia templada,
instituciones que siempre defiendan al individuo.
El
perdón sin aprendizaje es una estupidez degenerativa. Eso pasa con la gran
mayoría de los mexicanos que, aún en nuestro tiempo, seguimos teniendo una
dictadura hecha partido al frente del país. Un sistema político que se ha
eternizado y que ha enfermado de disimulo y mediocridad, a todos. Si la
historia ha de ser borrada de los libros, que sean nuestras bocas las que la
cuenten y que viaje por los años a la velocidad de un chisme nuevo. Hay
errores, desaparecidos, muertes e insultos que no deben olvidarse.
Pienso,
cada mañana, en la consecuencia de mi causa, que también es la causa de muchos,
y sé que la lucha por el despertar de las conciencias aún no está perdida. Veo
como todos los días despiertan más personas del letargo en el que estuvieron
sumidos durante años. La verdad os hará
libres, y la libertad verdadera es aquella que sólo sobrevive en el insomnio.
Sergio Telles
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