10 de febrero de 2016

Sudario de las tempestades

Nada me preocupa más que la efímera memoria del mexicano. Esa enorme capacidad para minimizar los graves conflictos, esa sublime capacidad de perdonar la ignominia pública, el robo a ojos vistos y la burla cagona. Distracción amasada de pundonor y arrepentimiento. 
El afán de perder para escuchar.

Quedan pocos días para conocer a los que aún no se han destapado para la gubernatura de Nuevo León. El PRI irá, seguro, con su mejor carta: Ildefonso Guajardo. El PAN, con Margarita Arellanes. En una política que se sostiene de apariencias, gana el que sonríe más en la foto y el que invierte más dinero en campaña. La fórmula que ha funcionado siempre en todas las jerarquías del poder.

Estamos a punto de presenciar el espectáculo repetido de la política mexicana. Se preparan las raquíticas despensas compradas con el erario de las administraciones partidistas para lograr, a partir de miserias, los votos de los sitios más marginados del Estado. Se comienzan a confeccionar los discursos mesiánicos, las encuestas amañadas. Se afilan la hipocresía del saludo y las amenazas a los sexagenarios de retirarles los apoyos mensuales. 

Se agendan las comidas y cenas con empresarios que serán padrinos durante toda la administración, la determinante visita eclesiástica, las reuniones ilusorias con los jóvenes adeptos y los mensajes presuntuosos en los panorámicos. La comedia perpetua del cinismo.

Hemos presenciado, en las semanas anteriores, el debacle de la pseudo izquierda. Un acto de estupidez progresiva que comenzó a partir del Pacto por México, que representó la compra-venta de la oposición al gobierno de Peña Nieto, hasta la renuncia del líder moral del partido en las últimas fechas. Por ahora, la única izquierda racional que nos queda es la que sale, digna y pacíficamente, a manifestarse en las calles pero, por desgracia, para todos, no está organizada.

Sergio Telles

8 de febrero de 2016

El sábado del miércoles

Los años se empalmaron, con violencia, hasta formar un triste tres. El sonido confuso de la bocacalle me habla de la soledad de los suspiros, del ruido acumulado de las horas. El reloj de mano, que no tienes, debe anunciarte la fecha que grita por los dos.

Las piernas tumefactas se han vencido con la apatía de las llamadas ausentes, no perdidas, porque nadie les ha pronunciado. Vuelan las respuestas esquizoides por los dormitorios que, agrupados, forman una renta. La fiebre no ha bajado desde el viernes, y las flemas duelen cuando, recordando la costumbre, me palmeo, tres veces, el pecho. Siempre el tres cabalístico.

Los sueños bajan al estómago hambriento de los días callados. El viento escupe miedo en las calles. Pasan las memorias circuncidadas por un hado consabido. Vuelven las miradas que solía callar con un beso… Dos besos… Tres. Retroceden las ganas cuando mi arritmia solicita la friática venganza por descubrirse sin tiempo, en tu ausencia. Hay breves noticias que mataron las sonrisas de los años perdidos que muerden, sin filo, dentro.

Avanzan lo soliloquios bípedos por las avenidas que esconden la muerte de muchos, de soldados sin insignias, de los amantes preferidos de le fait. Absurdo el gerundio soltero.
Absurdo todo lo que cae cuando no mata.

Se detienen los discursos pragmáticos que se escabullian en tus generosos oídos. Guardan distancia las risas sordas que me hacían olvidarme de mi estúpida neurosis, de mi monomanía por construir sin destruir. Sometidos mis impulsos de buscar a quien no quiero encontrar y vomitando mi fijación hacia ti. Odio el sábado del miércoles donde se detiene, para siempre, mi vicisitud extraordinaria.

Sergio Telles

5 de febrero de 2016

El silencio de las cosas

La lluvia que se fue, hace semanas, condenó a las calles cacarizas para siempre. El momento que agrupaba a los instantes subyugantes, pasó entre las comisuras de la boca sin la menor provocación. Los palaciegos del régimen han salido a defender lo indefendible, lo que causa la nausea, lo que trata del interés del Grupo.

Las bardas fueron pintadas con mensajes que se recuerdan cuando no se cumplen. Sitios deslavados que guardan memorias umbrías del pasado remoto. Los discursos municipales han caído en circunloquios antípodos que dejan tieso hasta al menos elocuente. Ya nadie habla de la risa que esconde el desacierto. Manos largas que guardan, como suyo, lo que no les pertenece.

La ciudad irisada se ha vuelto tranquila, nublada, silente. La han tranquilizado los que trajeron la muerte y la deuda. Negociaciones estrechas, afiches de un nuevo comienzo político desbalagados en la periferia, y la ambición que resuella en los cuerpos apestados.

Se pierden jovenes todos los días, en las fosas aisladas y en los montajes del “rejuvenecimiento” de la dictadura mexicana. Despiertos correosos, semidormidos por una falsa estupidez que supongo. La ilusión de estar, en pocos años, al frente del poder, ese que escuchan, asiduos, en sus conferencias fatalistas.

La necesidad no descansa, es evidente y estimulante para los que luchan. El hambre tiene manos y pies. La injusticia tiene el alma cansada. Las marchas son la urticaria del Estado, evidencia de la abundancia de los tres primeros síntomas descritos. ¿Qué va a decirnos ahora, señor presidente? ¿Qué va a decirle al pueblo que el gobierno no escucha?

El silencio de las cosas viene después del grito desaforado de la ruina. Viene detrás de los que caminaron con los miembros ausentes, con el llanto guardado desde ese día. El silencio no es la ausencia de palabras, sino el exceso de melancolía.

Sergio Telles